Pablo Zamora despertó de su criogenización televisiva a Popín.
Pablo Zamora fue un adelantado a su tiempo. Cuando su personaje Popín aparecía en «Morandé con Compañía» ni en Chile ni en el mundo existía la vorágine de virales que hoy inundan el ciberespacio. Recién durante su autoexilio televisivo surgió una cuenta de Instagram tributo hacia la evil version del tierno Pin Pon de Jorge Guerra.
TikTok también se hizo eco de las fechorías de este Guasón a la chilena, el lado más turbio y sarcástico de un ícono de esa televisión para niños que de repente desapareció de la parrilla programática de la TV abierta.
Pero ahora Zamora reapareció en la pantalla chica con el show de Popín, «¡Esto es muy penca!». Y lo ha hecho en su salsa, como si todo este tiempo congelado no hubiera sido en vano.
Ahora su doble sentido tiene, valga la redundancia, más sentido aún que cuando lo practicaba en Mega. Está más acorde con los tiempos.
Ahora sus siniestras dinámicas tipo «El juego del miedo» no chocan tanto. El primer jueves Dolores Alegría (María José Quiroz) debía buscar una llave con la boca, metiendo para ello su cara en unas tortas, pese a ser diabética. En el episodio la semana siguiente Henry (Kurt Carrera) debió enfrentar la prueba de esculpir un caballo de madera a partir de un tronco para evitar que su mascota, una lagartija, muriera hervida en una olla.
Popín propina fuertes puntapiés en el traste a concursantes y productores. A los primeros, por no ser mediocres en el dominio de sus destrezas (acá se premia lo «penca»); a los segundos, por puro gusto.
Hay personajes como Nepencil, Tulatubie, Don Saca, la m… González (con la mitad superior de su cuerpo representando al instrumento musical cuyo nombre es el que se les da a quienes ejercen el oficio más antiguo del mundo).
Todos estos corpóreos, originalmente dirigidos al público infantil, se agreden y se menean provocativamente. Incluso está el tío Rana (evidente parodia del tío Rene, carta imprescindible de nuestros realities alternativos), una marioneta que suelta garabatos con la facilidad con que un esgrimista asesta estocadas.
Entre referencias constantes a «Sábados gigantes» a través de sus jingles especialmente, Pablo Zamora está demostrando que el verdadero artista está más consciente del momento en que debe subirse a un escenario que preocupado por parar la olla a costa de repetir rutinas que ya están obsoletas o girar a cuenta del cariño/paciencia de su público más que de la admiración genuina del mismo.


