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El vértigo es algo que me asalta de manera tan natural, que no haría nada para provocármelo a la fuerza.

Fui criado con extremo cuidado en la idea de que mi vida era demasiado valiosa. Mi madre, desde antes que tuviera uso de razón, me enseñó que casi todo es peligroso. Para ejemplificar esos peligros me hablaba de Arturito, un niño que había hecho todo lo que yo no tenía que hacer y que había terminado pésimo.Muchas veces he pensado que quizás debía reconciliarme con Arturito. Aprender algo de su accidentada vida. Mal que mal, no en vano ha sobrevivido a electrocutamientos, caídas libres, accidentes en bicicleta y estrangulamientos. Muchas veces pensé que quizás debía dejar de mirar con desprecio a la gente que aparece con yeso o cuellos ortopédicos. Que más bien debía preguntarles qué sentían, qué placer secreto sacaban de jugar con la muerte.

Mi intento por reconciliarme con mi Arturito interno no me alcanza sin embargo para comprender a los que saltan en benji. El vértigo es algo que me asalta de manera tan natural, tan cotidianamente, que no haría nada para provocármelo a la fuerza. Mi cuerpo, en su pequeña modestia, me pide siempre un suelo que pisar, un motivo para saltar, algo que conocer o ver al final del peligro. Arturito tapado de yeso y vendas dice que me pierdo lo mejor de la vida. Yo le tengo demasiado respeto a ella para ni en broma ponerla en riesgo.

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