El pakistaní explosivo

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Una vez más, la seguridad de una megapotencia es pagada por un anónimo sujeto cualquiera, cuya vida es destruida por una explosión de macabro pragmatismo.

El pakistaní Mohamed Saif Ur Rehman, de 28 años, está trabajando en un tranquilo hotel de Providencia, donde realiza, pacíficamente, su práctica profesional de la carrera de turismo, cuando recibe un convite a la sede de la embajada estadounidense en Santiago, a discutir sobre unos documentos. Allí, y a escasos segundos de su ingreso, empleados de una empresa que presta servicios de seguridad a la embajada detectan trazas de tetril, una sustancia empleada para facilitar la detonación de explosivos, especialmente TNT, en documentos portados por él y en su teléfono celular, ambos elementos ya manipulados en ese momento por terceros. La empresa externa, muy prestamente, da la alarma y el joven es detenido.El caso se embrolla entonces hasta la jaqueca. Fuentes reservadas, pero serias, y altamente fidedignas, ligadas a la comunidad de inteligencia, nos echan algo de luz sobre este oscuro caso: se trataría de un montaje de manual, de una operación de protocolo, destinada a chequear las reacciones que en diversos niveles provocaría un suceso real de esa naturaleza. Un simple test, una prueba de micrófono, destinada a sondear a las autoridades, a las policías, a la prensa, al mundo político y diplomático, a los tres mil musulmanes que existen en Chile, así como a los propios aparatos antiterroristas norteamericanos.

Allanada la casa del joven, propiedad de alguien apodado el Gitano, no se encuentra nada de nada. Detienen a un amigo suyo al que sindican como el Egipcio, cargando así de hollywoodenses ingredientes este ya espeso caldo.

«Estoy confiado en que la verdad prevalecerá y me ayudará a tener una vida feliz y normal con mis amigos y mi familia. Fuertemente creo que ha habido un gran malentendido producido desde una confusión de identidad y quiero asegurar a todos ustedes que las alegaciones en mi contra son falsamente infundadas», declara el estudiante, que es fiel observante islámico, lo que, como van las cosas, estaría a un tris de convertirse en delito internacional.

Poniendo reveladores paños fríos al asunto, Mohamed Saif Ur Rehman Khan finalmente es formalizado sólo por cargos de tenencia ilegal de explosivos, desechándose cargos ligados a la ley antiterrorista y asociación ilícita. En otras palabras, ahora se trata el caso como si el pakistaní hubiera portado una dosis de explosivo «para uso personal», haciendo un paralelo con la ley antinarcóticos.

El embajador pakistaní, Burhanul Islam, dice públicamente: «Tendría que ser un muy mal terrorista, porque un terrorista iría con explosivos a explotar algo y no a mostrar ropa a personas que saben que lo van a arrestar». Las versiones de los expertos en inteligencia hacen especial énfasis en el accionar de la empresa externa de seguridad de la embajada estadounidense y en su apego a las cartillas de procedimientos. Pero aparentemente, en esa operación de seguridad de una megapotencia, la revisión del tablero la paga, una vez más, un anónimo sujeto cualquiera, cuya vida es destruida por una explosión de macabro pragmatismo. Un estudiante extranjero como hay miles en institutos y universidades de Chile.

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