«El código Enigma»

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Título/Pie de foto: Leopoldo Muñoz


Óptica mausoleo I

Leopoldo Muñoz

Una ironía, macabra por su sinsentido, es que el progreso por esencia se nutra de las guerras para avanzar. En la búsqueda de inventos para la muerte, una vuelta de tuerca los transforma en beneficios para la humanidad. El continuo bombardeo nazi a Londres, impulsó la desesperada carrera por descifrar los códigos utilizados por las huestes de Hitler. De la solución para comprender el lenguaje de la máquina germana Enigma, gracias a la brillantez de Alan Turing, hoy disfrutamos -o padecemos- de la inteligencia artificial en todas sus formas. El matemático Turing ideó los cimientos de la cibernética y emerge como «padre» de cualquier otro genio computacional como Bill Gates, Steve Jobs o Mark Zuckerberg. Así, en su afán de predecir el actuar nazi construyó nuestro presente digital.

Asunto de espionaje varias veces llevado a la ficción, y que tiene como contrapunto el misterio que acarrea la extraña muerte de Turing, quien fue procesado como un delincuente y castrado químicamente por su conducta homosexual en la Inglaterra de posguerra, la misma que él ayudó a salvar. Suficientes enfoques atractivos para que FilmNation, la misma productora de «El discurso del rey», quisiese asociarse a este proyecto que corre con 8 nominaciones a los Oscar, incluidas Mejor Película y Mejor Actor. No cabe duda que a Benedict Cumberbatch lo rotulan como el actor del momento por su versión televisiva de Sherlock Holmes (el personaje más veces adaptado al cine) y sus ridículas selfies. Hasta ahora, ni lo uno ni lo otro son garantía para pasar a la gloria.

Alan Turing (Cumberbatch) se ofrece a integrar el selecto grupo de mentes que debía resolver el acertijo, que supone la máquina Enigma. Convencido en poder derrotar la inteligencia de una máquina con otra, Turing crea un circuito que analiza las casi innumerables variantes con que se comunican los soldados alemanes, que en rigor es la primera computadora. Sin embargo, para lograrlo debe enfrentar a autoridades obtusas y el chantaje por su homosexualidad.

Siempre existe un reto al insuflar tensión a un evento histórico, sino conocido por todos al menos a un click para aprenderlo de Wikipedia. Acá ese desafío no cumple las expectativas.

A diferencia de cómo se descifra el lenguaje codificado alemán, que Turing lo comprendió como una voz viva, en el filme el afecto y el lenguaje como vehículo de emoción se extraña. Esta frialdad se opone a ideas que surcan de manera fugaz el argumento como, apreciar al cifrado código como un juego de imitación (sentido del título original). Imitación o copia en el entendido de una forma de recrear, que se repite en las secuencias del aprendizaje amoroso del adolescente Turing con un compañero de colegio (estereotipo al que sólo le falta los coros de «The Wall») o en considerar un individuo inteligente a «Christopher», la máquina capaz de revelar los secretos de Enigma.

Esas tremendas ideas, fueron cosidas a contrapelo y ofrecidas como datos en la verborrea que aplasta al ritmo de la acción. Parsimonia que se traslada a las variantes de cronología en que se narra la existencia del científico, porque la vida sexual -salvo en su naif representación escolar y el platónico compromiso con el personaje de Keira Knightley- es más inubicable que las claves del espionaje. Un vacío a la posible empatía, porque el montaje relegó la mayor tragedia de Turing al último y somnoliento tercio del metraje. En buenas cuentas, un retrato que pretende abordar un sinfín de dilemas (desde las encrucijadas morales o la orfandad emotiva al feminismo) pero que no se arriesga a herir susceptibilidades y por eso reluce como mármol y huele a discurso apolillado.

«The imitation game».

Gran Bretaña y EE.UU. Director: Morten Tyldum. Con Benedict Cumberbatch, Keira Knightley. 114 mins. Todo espectador, mayores de 7.

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