Magnífico el banquete, maestros

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Es muy conveniente, casi una obligación, que quien enfrente una representación de «El viaje a Reims» de Rossini conozca bien los antecedentes de su creación como ópera de circunstancia, llamada «Cantata escénica» por el propio compositor.

Ello porque esta obra, comisionada en 1825 para realzar los actos de coronación de un rey francés, se concibió muy distanciada de los caminos rossinianos más recorridos, tan marcados por óperas cómicas desbordantes de acción, y porque despliega una galería inédita de casi una veintena de personajes que abruma.

Sin esa básica plataforma informativa a mano, los asistentes a la reciente producción que ofreció el Teatro Municipal de Santiago pueden haberse sentido algo desconcertados.

«El viaje a Reims» muestra el producto de otro Rossini, acentuadamente estático, sin un rico ni ágil desarrollo argumental, lo cual pone freno a una acción que casi no existe e instala un cierto tedio. Entre ese gran pelotón de roles destacan una marquesa, unos condes, un barón, un lord y un caballero, pero sobre ellos el libreto no delinea perfiles diferenciadores. Claro está, entonces, que el objetivo principal de esta obra circunstancial fue poner la música de Rossini en primerísimo plano, a modo de banquete, y lucir el canto de voces privilegiadas.

Eso quedó de absoluto manifiesto en la producción comentada. Visto el montaje escénico comandado por Emilio Sagi se percibió que su propuesta cedió ancho paso al devorador genio rossiniano, elevado a una excelencia suprema.

El aclamado regisseur español dispuso una escenografía simplísima para ambientar un spa vacacional y vistió a todos por igual, con batas blancas en el primer acto y trajes de gala negros en el segundo. Esto originó una innegable confusión en el público para identificar quién es quién, pero excúsese y entiéndase el recurso como una herramienta que situó la música, y especialmente las voces, en el sitial que la obra posee per se. Sagi evitó la monotonía visual que esto tiende a generar con atractivos agregados actorales de gran aporte. El nivel mostrado por las abundantes voces fue magnífico, sobresaliendo el barítono italiano Pietro Spagnoli (Don Profondo), premiado con una atronadora ovación tras su histriónica aria, y la abundante participación de cantantes chilenos, donde brillaron mayormente Annya Pinto, Ricardo Seguel, Vanessa Rojas, Tabita Martínez, Matías Moncada y Ramiro Maturana.

Tan vasto y notable desempeño de los solistas (viajeros a Reims) se vio laureado por la labor suprema realizada por el maestro Paolo Bortolameolli frente a la Orquesta Filarmónica de Santiago. Fue el más refinado banquetero musical al servicio de la hermosa partitura del gran maestro Rossini.

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