¿»Prohibida obsesión» ya nos obsesionó?

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La teleserie de Mega hace explotar el rating desde su debut.

Cuando debutó la nueva teleserie de Mega, «Prohibida obsesión», el lunes 28 de septiembre, hubo una forma verbal que se repitió: «Arrasó». No se le puede llamar de otra manera a marcar un rating promedio de 806.441 personas por minuto y alcanzar un peak de sintonía de 899.819 espectadores. Y no aflojó: el jueves 1 (último día en que se emitió en dicha semana) registró un promedio de 811 mil televidentes.
¿Vio «Atracción fatal»? Esa película en que Michael Douglas, un hombre casado, tiene una aventura con Glenn Close, que ella interpreta como el inicio de un amor para el resto de su vida. «Prohibida obsesión» es «Atracción fatal» a la chilena.
El primer elemento inquietante en esta versión es el aspecto absolutamente tierno de la joven protagonista, Bárbara Michelson, interpretada por Fernanda Finsterbusch. Convengamos en que Glenn Close tiene una cara de mala que no se la puede. De esas que hierven en una olla el conejo de la hija del conquistador fugitivo.
Algunos dirán que esto hace menos creíble la situación, pero otros tantos sostendrán que esta dicotomía entre una cara de ángel y un corazón diabólico incrementa el terror sicológico. Yo me inscribo entre estos últimos.
Lo que no estoy dispuesto a perdonarles a los encargados del casting es que le dieran el papel de Dante Palacios, el personaje más perdedor, perseguido, pusilánime y manduqueado del culebrón, a Andrés Velasco. Precisamente a quien todos asociamos con el entrañable psicópata Dante Covarrubias, de «Demente» (Mega, 2021). Sí, también se llamaba Dante, lo que agiganta el agravio.
Es tan lamentable su rol que, producto del estrés, las deudas agobiantes y su autopercepción como fracasado, ha perdido todo deseo sexual por su esposa Paloma, caracterizada por Mónica Godoy. ¡Mónica Godoy, lo mejor de lo nuestro! Un desastre total este personaje, que hace las veces del hermano mayor de Luciano (Diego Muñoz), el galán cincuentón que se enredó con la lolita en cuestión para dar forma al conflicto central de esta producción.
No se puede negar es que esta ficción atrapa. Más allá de algunos caprichosos reparos que los puristas de siempre no han tardado en levantar (por ejemplo, que todos viven en el mismo barrio y que solo circula gente del estrato ABC1 ).

Atrapa, por ejemplo, por el retorno de Osvaldo Silva a la primera línea del reparto. Acá personifica a Hernán Arizmendi, dueño de una constructora y padre de Antonia (Sigrid Alegría), la mujer de Luciano. Un clásico. Y si actúa tan bien, dos veces clásico.

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