Si se juega un 22 de junio, gana el dios fútbol

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Maradona hizo de la infracción una teología y de la gambeta una venganza. Messi hizo de la repetición estadística una forma de eternidad.

El Azteca pesaba bajo la sombra de las Malvinas. Maradona resolvió la historia con dos idiomas: el contrabando de la mano y la pureza del pie izquierdo. Cuarenta años después, el calendario abrió la puerta contigua. Messi marcó dos goles ante Austria en Dallas y volvió superstición una fecha que ya era santoral: 22 de junio.

La Nobel austriaca Elfriede Jelinek, en su obra dramática «Juegos deportivos» de 1998, describió al fútbol como el «contador Geiger de la civilización»: detecta radiaciones invisibles como nacionalismo, violencia, resentimiento, deseo de masa. El estadio sirve para medir lo que la sociedad no siempre se atreve a confesarse. A veces la energía queda en los cánticos. A veces anuncia catástrofes. Jelinek recordaba el Dinamo Zagreb-Estrella Roja de 1990 como un laboratorio de la violencia yugoslava por venir.

Austria no llegó a Dallas con una guerra perdida en la memoria: entró a vender cara la derrota. Discutió cada falta, endureció cada cruce y trató de encerrar a Messi con la táctica de la jaula de pájaros. Dos defensores golpearon a Lautaro Martínez en el área y regalaron un penal casi coral. Messi lo falló.

El primer gol nació con reclamo austríaco por una falta previa de Alexis Mac Allister. Ahí aparece el espejo sucio. Queremos que el fútbol refleje la moral de una época y el fútbol devuelve manchas, ángulos, cuerpos cayendo, pantallas y una decisión final que nunca clausura la discusión. Ni el VAR acabó con la arbitrariedad humana. Sólo le puso intercomunicadores y tasa de refresco. Maradona habría sobrevivido a nuestro tiempo.

Messi se salió con la suya de otro modo. En el primero encontró el hueco mínimo, entró al área con mansedumbre engañosa y definió antes de que Austria cerrara la trampa. En el segundo eligió la pausa. Recibió, midió, acomodó el cuerpo y empujó la pelota al sitio donde el arquero ya no estaba.

Sin ser una aficionada al fútbol, Jelinek se volvió una escritora mundialera. En 2006 estrenó «Coro deportivo», que complementó luego de ocho años la obra anterior. Ahí las voces se vuelven colectivas y mencionan a los héroes como Schablonen: plantillas, moldes, clichés. La sociedad necesita héroes para disfrutar después «el placer de derribarlos de su trono». Ya ocurrió con Maradona y ocurrirá seguramente con todos los que vengan.

Jelinek también describió el absoluto estancamiento a partir del juego: nos movemos sin cesar para alcanzar la inmovilidad. La frase parece hecha para el último Messi. Su grandeza consiste en congelar el tiempo sin dejar de moverse y la FIFA enciende el frigorífico para congelarlo como mito industrial mientras corren detrás suyo rivales, patrocinadores, cámaras de televisión y apuestas deportivas.

Maradona hizo de la infracción una teología y de la gambeta una venganza. Messi hizo de la repetición estadística una forma de eternidad. En «Coro deportivo», una voz dice: «Soy el otro que ganó hoy. Soy quien soy. Soy un dios hoy. Soy un dios del fútbol». En 1986 esa voz salió del cuerpo incendiado de Maradona. En 2026 salió del cuerpo administrado de Messi. Jelinek entendió que el fútbol produce dioses colectivos. Nosotros les ponemos nombre.

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