El cacique de La Cisterna

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Que el «bíblico» Moreira ande ofreciendo la otra mejilla no debe causar mucha gracia en calle Suecia

Cristóbal Bellolio

Iván Moreira se desmarcó de la defensa corporativa que hasta entonces hacía su partido y jugando por la libre reconoció que su campaña senatorial se había beneficiado de dineros irregulares. Al aceptar el uso de las famosas boletas a honorarios, Moreira inicia un nuevo capítulo del tortuoso caso Penta, que abre un flanco al interior de la UDI e inaugura una etapa de inevitables preguntas: ¿qué hacer cuando un parlamentario en ejercicio confiesa un ilícito que, de alguna manera, está vinculado con su propia elección?

La historia de discrepancia táctica entre Moreira y la UDI no empezó ayer. El eterno cacique de La Cisterna pertenece al ala idealista-popular del gremialismo, la misma que veía en Pablo Longueira a su líder natural (recordemos que fue justamente Moreira el que puso en duda su continuidad en el partido al enterarse de la retirada por orden médica del prócer). Al frente se ubica la facción fáctica-empresarial que solía conducir Jovino Novoa. Esta última, a los ojos de un sufrido Moreira, representa un mundo social elitista y ajeno. Aquí, hasta su militancia evangélica constituye una simpática curiosidad; la dirigencia de la UDI es hegemónicamente católica, apostólica y romana.

Esta misma dirigencia es la que decretó que Iván, el incansable, no competiría por la apetecida circunscripción de Santiago Oriente sino por la remota Región de los Lagos. «Me mandaron a morir al sur», espetó un humillado Moreira. Pero no murió. Ganó un difícil sillón para los suyos. Y se envalentonó: hace algunos meses se dio el lujo de anunciar su propia precandidatura presidencial.

Por todo lo anterior las disculpas públicas de Moreira tienen una doble lectura. Por una parte, la intención de marcar diferencias entre su perfil de esforzado «self-made man» y el de los «poderosos» que cuando piden plata no se arrastran por mail. Por la otra, apostar a que la opinión pública valore su confesión y se muestre más abierta a perdonar a los arrepentidos que a los obstinados, que como el Presidente gremialista Ernesto Silva, la senadora Von Baer y el mismísimo Jovino Novoa, se niegan a reconocer irregularidad alguna. Es una estrategia no exenta de riesgos. Que el «bíblico» Moreira ande ofreciendo la otra mejilla no debe causar mucha gracia en calle Suecia, que confiaba aguantar el chaparrón aprentando los dientes. El acto de contricción, por noble que sea, tampoco aplaca el fuego de quienes quieren ver renuncias que paguen por las violaciones a la normas que regulan la relación entre dinero y política.

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