La brújula rota

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A diferencia del cine, que es una industria nacida y criada con la cultura de masas, la literatura es previa a este fenómeno, de modo que sus códigos y su historia son harto más complejos que su producto de consumo, que es el bestseller.

 La literatura ha llegado a ser un terreno abierto, una plaza pública en la que podrían opinar hasta las piedras si éstas tuvieran algún dispositivo que les permitiera comunicar sus ideas acerca de tal o cual autor. Eso está muy bien, porque siempre hay voces interesantes que escuchar en los lugares más insospechados, pero a la vez está muy mal, porque suele suceder que el cacareo cultural sea una cosa aplastante y abrumadora, a la cual ni siquiera es posible acostumbrarse.Pienso en eso a propósito del inicio de la temporada de alegatos por el Premio Nacional de Literatura, que esta vez ha resultado ser una auténtica batucada de opiniones indefendibles, dichas al voleo, acerca de la posible beatificación literaria de Isabel Allende. Este año la novedad máxima ha venido del Senado, materializada en una carta de la senadora Ximena Rincón, quien brinda «oficialmente» su apoyo y el de una veintena de parlamentarios a aquella escritora, con argumentos que son como salvavidas de plomo: que la autora es mujer, que la autora vende más que el Dr. Simi, que la autora es del pleno gusto de Ximena Torres Cautivo y que la autora, en fin, de no recibir el premio, recibirá»el tristemente célebre pago de Chile».

Ya que andan tan entusiastas, los senadores podrían aprovechar la pasada para crear un premio que le calce a la señora Allende y a sus posibles delfines futuros, una suerte de Grammy al éxito de ventas, una Gaviota de Oro al emprendimiento editorial, un Copihue de Diamantes a la representación femenina o lo que se les ocurra en el momento. Hasta donde se sabe, el Premio Nacional de Literatura existe para reconocer la trayectoria de un escritor en atención a su calidad, sin mediaciones ideológicas, ni pagos políticos ni balances comerciales. Por lo mismo, su fallo es muy discutido, porque la calidad es siempre un asunto discutible, pero en los límites que la propia literatura impone.

Algo que nunca había escuchado, como argumento en defensa de Isabel Allende y en contra de las presuntas camarillas de «envidiosos y resentidos» que salen a ladrar cada vez que se escucha su nombre, es que Shakespeare en su tiempo también fue popular y masivo. El argumento es similar al que se usa para defender ciertos bodrios de la música popular: que Mozart en su tiempo también fue popular y que Beethoven también tuvo que crear a contracorriente de las capillas. Pero eso ni siquiera es un argumento: es derechamente una falacia, pues a quienes sostienen eso se les olvida decir que ni Shakespeare ni Mozart ni Beethoven crearon sus obras en un tiempo en que ni siquiera se soñaba con algo semejante a la cultura de masas.

A diferencia del cine, que es una industria nacida y criada con la cultura de masas, la literatura es previa a este fenómeno, de modo que sus códigos y su historia son harto más complejos que su producto de consumo, que es el bestseller. En España jamás, pero jamás, alguien se habría atrevido a presentar a Corín Tellado al Premio Cervantes, ni por mujer, ni por haber vendido millones. Pese a todos sus desaciertos, los españoles aún no han perdido a tal extremo su brújula. En Chile, ya le habríamos dado no sólo el Premio Nacional de Literatura, sino también todos los demás: así de confundidos estamos.

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