Petardos con piñén

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¿Qué diantres podían saber esos buenos señores de la Agencia Nacional de Inteligencia, expertos en paellas, quesos azules y tintos del valle de Apalta, de unos bichos tan raros como los punkis y okupas?

Su nombre, qué le vamos a hacer, resuena a «chapita» de guerra de chiquilla de casa de masajes. O como un melancólico neón de una peluquería para señoras de Ñuñoa: ANI. La sigla, que corresponde nada menos que a la Agencia Nacional de Inteligencia, inevitablemente nos resulta un poquitín ridícula si consideramos la forma tan pomposa con que se justificó en la prensa en el tiempo de su creación, allá por el 2004, asegurando a la ciudadanía que «el Estado democrático tiene derecho a defenderse» y que «debe hacerlo con las armas propias de la democracia. Esto es, en el marco establecido por la Constitución y las leyes. Ésta es la piedra angular de la tarea que cumplirá la ANI y responderá ante el presidente de la república y el Congreso y sólo podrá llevar a cabo acciones intrusivas con permiso judicial».Es posible que el bobo nombrecito sirva en buena medida al bajo perfil con que busca funcionar esta heredera de La Oficina y del fugaz Consejo Coordinador de Seguridad Pública. Recordemos que el accionar de esta agencia con nombre de putita (domiciliada para más inri en la picarona calle Tenderini) se cruza a diario con el de siete servicios de inteligencia. A saber: los tres correspondientes a cada una de las ramas de las fuerzas armadas, el del Estado Mayor de la Defensa Nacional, el de Carabineros, el de Investigaciones y el de Gendarmería.

Pues bien, hace unos días han volado plumas al interior de nuestra CIA criolla. Dirigida hoy por el abogado y ex concejal Gonzalo Yuseff, se decidió»desvincular» de sus cargos a un total de trece analistas que llevaban varios años trabajando en diversas áreas del organismo, todos ellos de la «exclusiva confianza» del anterior director, Gustavo Villalobos. Como es bien sabido, el año pasado la ANI fue duramente cuestionada, e incluso públicamente ridiculizada, por no dar pie con bola respecto de la identidad de los posibles autores de la seguidilla de bombazos que ha afectado a importantes instituciones desde el año 2005.

Nos preguntamos: ¿qué diantres podían saber esos buenos señores, expertos en paellas, quesos azules y tintos del valle de Apalta, de unos bichos tan raros como los punkis y okupas que, entre un grafiti ininteligible y otro (y como para despejar la mente de tanto pito), ponen sus petardos en blancos tan inexplicables como un preuniversitario o una clínica dental?

Nos tememos que da igual a quién pongan a analizar este teatro del absurdo en que se ha convertido la «política» antisistema. ¿Qué teléfono le van a pinchar al Finado o a la Kiki Otaku? ¿Qué red de células pueden desarticular entre un manojo de piercings y una bocanada de cogollo skank? La clave está en saber leer las claves ocultas en los tatuajes, la mugre bajo las uñas, el número de serie del piñén de siglos adherido al cogote.

Vamos, ANI, a aguzar el ojito, si acaso puedes. Métete en internet y encontrarás el modus operandi de la guerrilla flaite. En todo caso, recordemos que nada es tan misterioso como la imbecilidad.

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