A los 14 años yo entendía que el alcohol era una anestesia, confiesa el ex arquero
El futbolista verbaliza, a modo de redención, cómo vivió con la adicción que lo acompañó toda su carrera: Desde que era juvenil y hasta mi retiro, siempre me tomaba entre 15 y 30 cervezas después de un partido, dice.
Es imposible entender todo lo que vivió y sufrió Mauricio Viana (37) sin conocer su historia desde que fue concebido. Y el ex portero lo cuenta ahora en detalles, sin miedo y sin vergüenza. «Yo nací en Sao Paulo porque mi mamá (Juana Caamaño) decidió un día irse a Brasil para salir de la pobreza, para buscar oportunidades. Ahí conoció a un morenito de un metro 90 que la dejó embarazada de mí. El señor este se fue, yo nunca lo conocí. Sólo tengo una foto de él por la que sé que me parezco a él. Después, otro morenito embarazó de nuevo a mi mamá y ahí ella decidió venirse a Chile sola para tener acá a mi hermano Martín. Nos vinimos a Limache, donde un tiempo después mi mamá se emparejó con un señor que es el padre de mi hermana chica, Natalia. Él sí hizo pareja algunos años con mi mamá».
¿Se erigió él como la imagen del papá que usted no tenía?
«La verdad es que no. Él dejaba en claro que era el papá de la Natalia y no de mi hermano y mío. Tengo más recuerdos negativos que positivos de él por cosas que tienen que ver con mi mamá pero que no quiero decir».
¿Nadie asomó como una figura masculina en su vida?
«Mi tío Dagoberto, hermano de mi mamá, estuvo muy presente y lo sentía muy cercano. Pero cuando yo tenía 14 años falleció porque bebió una toxina que luego se le transformó en un cáncer de garganta».
Se quedó sin nadie a una edad especialmente difícil…
«Sí, y busqué un reemplazo donde no debía: en la calle».
¿No tuvo en el colegio el apoyo que requería?
«No. Y lo digo no como crítica a ellos, sino que al sistema. En ese momento no había los instrumentos ni el conocimiento para preocuparse de casos como el mío. Yo era un niño que desde los ocho años se criaba solo porque mi viejita tenía que trabajar todos los días para mantenernos. La calle comenzó a ser mi lugar de estancia permanente, donde peloteaba, pero donde también conocí gente que, ahora sé, no me ayudó mucho».
¿Fue ese el momento en que empezó a beber alcohol?
«Si, y a fumar. Las dos cosas las empecé a conocer y a hacer parte de mi vida desde los 14 años y hasta que me retiré del fútbol. Me acuerdo que con un primo nos fuimos a comprar nuestras primeras cervezas y el primer paquete de cigarrillos. Los amigos de la calle nos decían, y así lo entendí, que fumar relajaba y que el alcohol era una anestesia».
Y el fútbol, ¿cuándo apareció en su vida?
«Antes de eso. Un señor al cual yo llamaba tío Nano pero que no era familiar directo fue el que me animó a jugar fútbol. Él decía que tenía talento motriz y me peloteaba en un arco que hizo en un potrero. Me gustó mucho porque yo, en realidad, no tenía talento para jugar en otro puesto. Así llegué a una escuelita de fútbol que era gratis en Limache. Tenía 10 años. Cuando tenía 12, jugué un partido ante Everton, y me llevaron a ese club. No me gustó nada así que a los 13 años, cuando un señor Aranda de Santiago Wanderers me preguntó si quería irme a ese club, le dije al tiro que sí. Y fue amor a primera vista con Wanderito. Yo estaba hecho para jugar ahí. Me formé en las canchas de tierra de complejo Alejo Barrios. De hecho, a los 14 años, el DT Yuri Fernández me integró al primer equipo y a los 15, Jorge Aravena me llamó a la Selección Sub 17, esa donde salieron varios de la generación dorada».
Y si todo iba tan bien ahí, ¿por qué se salió del camino?
«Porque, simplemente, no tenía el sostén para vivir de otra forma. Estando en Wanderers me salí del colegio en Segundo Medio porque no me dieron facilidades para ir a entrenar. Además, para estar en las prácticas que comenzaban a las 10 de la mañana debía levantarme a las cinco para tomar cuatro micros desde Limache a Mantagua. A veces tenía que hacer dedo para llegar. Y no tenía más de dos lucas en los bolsillos. Con suerte. Era muy duro. Lo hacía porque quería llegar al profesionalismo, pero todo eso no borraba lo que era mi vida. Por eso que, en el mismo momento en que crecía como jugador, empecé a buscar y encontrar la manera de relajarme».
¿Es cierto que usted tomaba sin control después de los partidos en gran parte de su carrera?
«Sí, y fue durante toda mi carrera. Desde que era juvenil hasta que me retiré hace un par de años».
¿Qué y cuánto bebía?
«De todo y harto. A los 20 años dejé los tragos fuertes y sólo comencé a tomar cerveza. No exagero, pero tomaba entre 15 y 30 después de cada partido. Terminaba de la peor manera. Me orinaba. Vomitaba. Hice pasar malos ratos a muchas personas».
¿Cómo logró mantener a su pareja y formar una familia?
«Mi señora (Aracy Geraldo) es la gran responsable. Nos conocimos en 2009. Ella fue la que me buscó después de ir a un partido de Wanderers donde yo estaba en la banca. Se consiguió mi teléfono y la invité a salir, pero yo en ese tiempo me creía ganador porque ganaba 400 lucas y las gastaba en carrete. Pero ella me dijo un día que la tomaba en serio o se iba. Me hizo click, se fue a vivir conmigo a la casa de mi mamá y, años después, nos casamos».
Pero igual ella veía que usted no salía del alcoholismo…
«Claro, y fue duro. Yo con copete nunca fui maltratador, pero decía tonterías. Igual que en fútbol donde terminé siendo un tipo antipático para la gente».
Usted tuvo hijos en esos momentos. ¿Sabe si ellos tienen recuerdos de esa etapa tan dura?
«Tengo tres maravillosos hijos: Magdalena (14), Máximo (10) y Martín (5) y aunque creo que sólo la Magda puede tener algún recuerdo, yo les pedí perdón a ellos y a mi señora por todo lo que pude haberlos hecho sufrir. Fue con lágrimas en los ojos y no me da vergüenza reconocerlo porque siento que, poco a poco, he podido salir de un período oscuro y creo que me hace bien contarlo. Yo no le echo la culpa a nadie de lo que me pasó, pero siento que ahora, como hijo, hermano, esposo y papá debo reconocer mis errores y jugármela para que todos ellos se sientan seguros y orgullos de mí».


