Aunque luzca nuevo, el calzado deportivo puede estar deshecho por dentro
Un modelo de running suele durar hasta 800 km: si no entrega el soporte necesario, puede terminar causando daño.
Las zapatillas para correr no duran para siempre, aunque por fuera sigan pareciendo nuevas. Con el uso, los materiales que ayudan a amortiguar cada pisada van perdiendo sus propiedades y llega un momento en que el mismo par ya no entrega el apoyo que tenía al principio.
¿Cuándo hay que cambiarlas? Una referencia útil es la cantidad de kilómetros recorridos. Francisca Gerstle, gerente de marketing & e-commerce de Grupo Sparta, calcula que una zapatilla de running suele durar entre 500 y 800 kilómetros; algunos modelos más técnicos tienen una vida útil menor, entre 300 y 400 km.
No se trata de una cifra exacta para todos, pero sí exige al menos llevar la cuenta de cuánto ha recorrido con su calzado (puede irlo anotando o bien revisar los registros de su celular o reloj inteligente, si los usa al correr). Una persona que ejercite varias veces por semana llegará antes a ese límite antes que alguien que sale de vez en cuando.
También influyen el peso del corredor, el terreno y la forma de pisar.
«Un corredor liviano y con una pisada eficiente puede extender la vida útil hasta los 800 kilómetros. En cambio, en corredores de mayor peso o con una pisada más fuerte, la espuma de la mediasuela se comprime más con cada impacto. En esos casos, lo recomendable es cambiarlas antes, entre los 400 y 600 kilómetros», explica Gerstle.
El tipo de zapatilla también hace una diferencia. Las destinadas al entrenamiento diario tienen espumas más densas y resistentes, por lo que están preparadas para acumular más kilómetros; en cambio, las de competición buscan entregar alto rendimiento durante la carrera: en este grupo están, por ejemplo, los modelos con placa de carbono y espumas de alta respuesta. «Las de competición están diseñadas para rendir al máximo y pierden sus propiedades antes, por lo general entre 300 y 500 kilómetros. Por eso, muchos corredores las reservan para carreras y entrenamientos clave», señala Gerstle.
El kinesiólogo Ignacio Barra, académico de la Escuela de Kinesiología de la Universidad Mayor, cuenta que entre quienes entrenan con frecuencia es habitual tener zapatillas diferentes según el tipo de sesión: «Hay corredores que tienen un par para los entrenamientos de pista, otro para las sesiones largas y otro para competir. Como cada zapatilla tiene un uso distinto, también tendrá un kilometraje y una duración diferentes», advierte.
Ojo al desgaste
Un problema obvio es que no siempre es fácil saber que una zapatilla ya cumplió su ciclo solo con mirarla. De hecho, un área clave para determinar su estado está dentro del calzado. Gerstle explica que el mayor desgaste suele producirse en la mediasuela, zona encargada de entregar amortiguación y estabilidad. «Muchas veces lo más importante no se ve a simple vista. Por eso una zapatilla puede verse impecable y, aun así, haber dejado de cumplir su función», alerta.
La suela, en cambio, sí puede entregar algunas señales. Si presenta un desgaste evidente o determinadas zonas están mucho más gastadas que otras, conviene revisar el estado general del calzado (pero tampoco hay que esperar a que la suela esté completamente lisa para pensar en un cambio).
El terreno donde se corre es otro factor que acelera el desgaste. «El asfalto y el cemento desgastan la suela y la espuma mucho más rápido que la tierra, el pasto o una pista atlética», señala Gerstle.
También importa la cantidad de kilómetros que se recorren cada semana: no tendrá la misma duración un par utilizado para una salida de 5 kilómetros cada siete días que otro que acompaña entrenamientos de 10, 15 o 20 K varias veces por semana.
El peso del corredor y su técnica de carrera también tienen un efecto. Una pisada más fuerte genera una mayor carga sobre la espuma de la zapatilla, mientras que la forma en que cada persona apoya el pie puede provocar un desgaste más marcado en determinadas zonas.
Por eso, el profesor de Educación Física Alex Llanquin, director de la carrera de Pedagogía en Educación Física de la Universidad Central, recomienda registrar los kilómetros desde el momento en que se estrena un par: «Ese dato le permite tener una referencia y anticiparse al desgaste antes de que aparezcan molestias».
Él mismo utilizaba este sistema cuando corría. «A los 400 kilómetros sabía que tenía que cambiarlas. Si aumentaba el kilometraje de esas zapatillas, empezaban a aparecer dolores», recuerda.
Llanquin plantea además una forma sencilla de revisar el estado de la espuma. «La idea es presionarla durante unos 10 segundos y observar qué ocurre después. Si la espuma queda marcada y no recupera su forma, puede ser una señal de que perdió parte de su capacidad de respuesta».
Seguir utilizando un par que ya perdió sus propiedades no es solo un asunto de comodidad. Cuando la capacidad de amortiguación disminuye, una mayor parte del impacto de cada pisada debe ser absorbida por el cuerpo, en especial por músculos, tendones y articulaciones.
Según Gerstle, esto puede aumentar el riesgo de algunas molestias y lesiones frecuentes entre quienes corren, como fascitis plantar, tendinitis y sobrecargas en las rodillas y las caderas. «Más que fijarse solo en el diseño o en el precio, la recomendación es elegir la zapatilla según el tipo de corredor que uno es», concluye Gerstle.
«Una zapatilla puede verse impecable y, aun así, haber dejado de cumplir su función», Francisca Gerstle


