Cuando en el último cuarto del siglo pasado irrumpió la tendencia de la interpretación orquestal historicista de los grandes clásicos fue demasiado lo que cambió.
Llegaron sonidos emanados de agrupaciones instrumentales mucho menores a la gran armazón sinfónica imperante y las batutas se mostraron considerablemente más ágiles.
Pareciendo que esa nueva forma de abordaje llegó para quedarse, acaso de modo más peyorativo que demostrativo de un válido reconocimiento y nostalgia, comenzó a tildarse la antigua usanza como una «vieja escuela» ya superada.
El reciente programa de la Orquesta de Cámara de Chile (OCCH) que recibió por primera vez en su podio a Francisco Rettig, permitió poner sobre la mesa un enfrentamiento de opiniones respecto al tema. ¿Cómo es más correcto interpretar a Haydn, el clásico más clásico, en cuanto a tamaño orquestal? ¿Con qué rapidez?
Frente a esa agrupación de justo tamaño mediano Rettig dejó notar claramente que lo suyo va por pulsos más lentos que la corriente moderna al comandar la lectura de la Sinfonía N° 104 «Londres», la última de J. Haydn. Si en su desarrollo fue el Minueto del Tercero movimiento cuando con más intensidad dejó ver esa opción, el todo de la obra, aunque lento-pero-no-tanto, no delató para nada un ánimo cansino. Al contrario; el maestro dejó la impresión de querer sumar más tiempo a su favor para entrar al fondo de la partitura, revelando detalles y relieves que la velocidad podría dejar pasar por alto.
De esa sinfonía postrera haydniana (1797) pasó a la primera sinfonía (1917) del sigloveintero Sergei Prokofiev, la que llamada «Clásica» rinde homenaje al antiguo estilo impuesto por el gran vienés. En sus movimientos extremos la obra clama por mucha agilidad, elemento que Rettig manejó con cierta retención, explicitando una vez más la filigrana tantas veces oculta en otras versiones. El segundo movimiento fue una joya.
El programa incluyó también el Concierto N° 2 para oboe y orquesta (2023) del chileno Manuel Bustamante con José Luis Urquieta como solista. Más que concierto la pieza se percibió como una fantasía epopéyica, cercana a la banda sonora de una película. Con un interesante y extenso pasaje oboe solo – ¿cadenza? – la obra lució tanto al compositor, con un lenguaje bastante convencional para este tiempo, como al solista, que, digámoslo sin reservas, hizo hablar su instrumento en insólitos pasajes.


