El edificio más terremoteado del 85 ahora quedó paradito

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El Hanga Roa, en Viña del Mar, ya tiene tres sismazos en el cuerpo

Con los trabajos tras el sismo ocurrido hace 25 años, hoy quedó sin fallas estructurales.Los vecinos viven felices.

Los añosos habitantes del edificio Hanga Roa tienen la calma de los experimentados. Muchos de ellos viven ahí desde la década del 60, cuando la constructora Sennerman entregó este conocido proyecto a orillas del mar, en la mismísima Av. San Martín. La torre de 16 pisos, principalmente ocupada por santiaguinos durante los fines de semana y también con muchos departamentos destinados para el arriendo veraniego, vivió los primeros embates de la naturaleza en el terremoto de Los Vilos en 1971. Pero la cosa no paró ahí. El terremoto de 1985 en San Antonio dejó al edificio de la fachada plástica roja con severos daños estructurales.

Con su voz ronca, Sergio Massad, un propietario que habitaba ya en esa época en el Hanga Roa, cuenta que los problemas ocurrieron en prácticamente todas las zonas, especialmente en algunas curvas características de este edificio. «Eso fue porque este edificio tenía un peso muerto inconcebible. El muro que da a la Av. San Martín era de concreto y tenía unos 30 centímetros de vigas que estaban colgando y emergían del edificio, por lo que hacían un columpio», recuerda.

En la techumbre del edificio, ubicada en el piso 16, había un estanque de agua para proveerle del servicio al edificio. Contenía nada menos que 50 toneladas de agua, de tal manera que eso en la cumbre provocaba un efecto multiplicador tremendo. «Del edificio se sacaron unas 80 toneladas de peso que no servían más que como estructuras ornamentales. En la fachada había una viga de 20 metros de unos 70 centímetros de altura que era para darle una mejor apariencia. Con el terremoto, se cortó y cayó», explica Massad.

Roxana Molina es la estrella del edificio. Ella es argentina y vive junto a su esposo y sus hijos. Por estos días, todos la conocen como la mujer que dirigió el tránsito en Sausalito en medio de la alarma de tsunami de la semana pasada. Roxana relata que en su familia hubo cero pánico al momento del terremoto de ahora, también por experiencia. «Mi marido reaccionó sereno, nos hizo bajar e inclusive se quedó arriba, como vigilando. Sintió esa seguridad, pues ya había vivido el otro, el del 85, acá mismo. Lo mejor era no alarmar a la nona», dice, refiriéndose a la abuela que también habita su departamento.

«Mi nona también pasó ahora su segundo terremoto acá. Estuvo muy tranquila: bajó, subió y se acostó», agrega, mientras la mujer a la que se refiere la mira tranquilamente desde el séptimo piso sentada en una silla.

Hernán Rojas preside el comité de administración del Hanga Roa y recuerda que antes «todos los pisos tenían ladrillo en las murallas en vez de los plásticos rojos que se ven ahora. El edificio resistió fantástico este terremoto, si tomamos en cuenta su magnitud», estima.

«Yo estaba aquí», interrumpe Massad, volviendo 25 años atrás. «Había comprado recién el 84 el departamento. Vivo en el piso 2, pero no hay que engañarse. Hemos visto que en departamentos del primer piso hay más daños que los del cuarto. Piense que la parte de abajo es la que resiste», establece. «Hay departamentos aquí que no tienen nada, ni siquiera una grieta en el revestimiento, como que no hubiera habido terremoto», se ufana Rojas.
El aguante

Por todo esto, los habitantes del Hanga Roa y la administración se quejan de los comentarios oídos estos días. Alberto Aulló, el administrador, denuncia con ira: «En la TV se dijo que por segunda vez estaba listo para ser demolido. ¿De dónde lo sacaron? En la Universidad Católica, en la escuela de ingeniería, lo tienen como ejemplo de un edificio que resistió bien el terremoto con la reparación que se le hizo anteriormente», cuenta Aulló.

Al edificio ahora ya han ido especialistas de la municipalidad, de la aseguradora y un ingeniero calculista que contrataron. «Todos dijeron lo mismo: que el edificio está en buenas condiciones y que son sólo problemas superficiales», jura el administrador.

De hecho, los estacionamientos subterráneos sólo tienen detalles, nada de pilares doblados ni fierros a la vista.

De cualquier manera, no hay más de ocho departamentos habitados en este momento. La gente arrancó por miedo a un tsunami y algunos hasta dejaron la puerta abierta. Poco a poco, la comunidad ha comenzado a exigir un informe detallado de todo el estado del edificio. «Lo esencial es que soportó bien el sismo. Incluso uno de los informes dice que está en condiciones de resistir también otro sismo similar», apunta Aulló.

Mientras terminan de arreglar al menos un ascensor y restablecer el agua caliente, Sergio Massad prende su cigarrillo sentado con suma calma, la misma que le ha dado sobrevivir dos terremotos en su departamento del segundo piso.

«En el 85, la primera mirada que se le hacía al edificio arrojaba un espectáculo bastante triste. Cuando se encargaron los estudios para rehabilitarlo o demolerlo, los ingenieros estructurales coincidieron categóricamente en que éste era un edificio que no había sufrido un daño irreparable. La restructuración del edificio la hizo Santiago Arias, un ingeniero estructural de muchísimo prestigio. También la Universidad Católica hizo el suyo y coincidió», recuerda Massad.

Los mismos experimentados habitantes del lugar cuentan que toda le gente que participó en la reconstrucción del 85 ha venido. «Acá no hay ningún pilar ni una viga que tenga la apariencia de una deformación», cree Hernán Rojas.

El que ratifica toda esta maravillosa impresión es Ricardo Luzzi, el ingeniero civil que encabezó las obras del Hanga Roa en 1985. «Esa vez el edificio quedó muy mal parado. En los muros estructurales, vigas y tabiques interiores, tenía daño estructural. Se hizo un estudio completo de reparación. Tras seis meses, se empezó la reparación, que duró un año», cuenta.

«Ahora, estructuralmente, está en muy buenas condiciones, lo que indica que con una reparación bien hecha, técnicamente bien desarrollada, soporta un terremoto como el que hubo ahora», estima Luzzi.

El ingeniero dice que hace 25 años el edificio se estructuró de nuevo. «Se hicieron muros de hormigón adosados a los que tenía de estructura. Había pasado ya el del 71, así es que ya estaba dañado para el 85. También se reforzaron pilares y vigas. Hubo que alivianar, así que cambiamos el hormigón del frente por plástico».

De hecho, el profesional va más allá y pronostica una resistencia a eventos más funestos. «En un tsunami como los que han ocurrido, el edificio soportaría. Es una estructura muy grande, muy sólida y pese a la cercanía del mar, lo haría. El edificio quedaría estable y sólo tendría el daño del agua pasando por dentro del primer y segundo piso como si fueran canales», se la juega.

El mismo Luzzi dice que ya está explicándoles a sus alumnos en la universidad cómo se hacían estas reparaciones. «El Hanga Roa es un ejemplo de que un edificio se puede reparar y puede soportar un sismo de esta intensidad».

Sin querer pasar por prepotente, pero con el expertise que le dan dos terremotos en el cuerpo en su departamento, Sergio Massad aconseja a los que ahora han quedado con graves daños en sus departamentos. «Les diría que se interioricen sobre qué tiene su edificio, porque el temor que tienen puede ser producto del pánico provocado por el sismo. En lo posible, deben contratar un ingeniero estructural que no dependa de la empresa, y si el informe no es claro, que consulten otro. Igual es obvio que hay edificios que no tienen remedio», estima.

Roxana Molina, por su lado, da gracias. «Acá sólo se han roto cosas superficiales en los departamentos. No hay grandes hoyos en las paredes. El subterráneo está enterito. Mi consejo es pensar que si he perdido lo material, aún tengo mi vida y no hay nada más valioso que la vida».


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