Eso me permite estar siempre presente para ellos, asegura Sebastián Gangale
Los dormitorios son su espacio de privacidad. Almuerzan en la cocina y la cena de Navidad se hace en el patio.
Con semejante cantidad de alumnos no es fácil moverse. Por eso Gangale optó por convertir la casa en la que vive con sus tres hijos (de 17, 14 y 12 años, de dos tiene tuición compartida) en un gimnasio boutique. Se llama GFF y está ubicado en Las Condes.
«Eso me permite estar siempre presente para ellos», asegura.
El antiguo living se convirtió en la principal sala de entrenamiento, equipada con seis máquinas de ejercicio y un piso especial para soportar el equipo.
«Perdimos el living, pero ganamos un espacio para entrenar», declara.
La zona de pesas libres se habilitó con barras, mancuernas y balones medicinales con suelo reforzado para mayor seguridad.
El patio, antes un área verde, fue acondicionado como un espacio para clases de defensa personal, con un suelo similar al de un ring de boxeo. La piscina, también cubierta con un suelo especial, opera como un espacio con elípticas, bicicletas estáticas y colchonetas.
«El funcionamiento de la casa se basa en que yo tengo mi pieza, mi hija tiene su pieza, mis hijos tienen la suya, tenemos la cocina y cada uno tiene su baño. Tuvimos que entregar un baño para los clientes, así que hubo que adaptarse a eso también», cuenta.
¿Dónde es el almuerzo?
«En la cocina, que es bien espaciosa. Tenemos una mesa y sillas para almorzar todos juntos».
¿Y cómo fue el proceso de convertir su casa en un gimnasio?
«Hace un poco más de tres años trabajaba en gimnasios comerciales y quería tener un lugar más privado y personalizado. La mejor manera que encontré fue hacerlo en mi casa para generar un ambiente familiar y tener una mayor relación con las personas, que fuera personal pero también profesional».
¿Y sus hijos fueron comprensivos con su idea de hacer el primer piso un gimnasio?
«La verdad es que a mis hijos les encanta porque se sienten súper ligados al deporte con esto. A la vez, también les permite interactuar con otras personas. Sobre todo para los niños de hoy, les sirve para no estar tan metidos en el celular ni tan ligados a la tecnología y a todas las distracciones que esto conlleva».
El tema de la privacidad, ¿cómo lo maneja?
«Acá todos tenemos una pieza y ese es el ámbito de la privacidad para cada uno. Lo que echo de menos es la desconexión. Antes, cuando trabajaba en gimnasios comerciales, salía de un recinto y llegaba a mi casa. Entonces, suena, no sé, a lo mejor muy básico, pero el hecho de desconectarme, de poder llegar a otro lugar que es mi espacio, lo extraño».
¿Y cómo maneja la privacidad y los horarios con sus clientes?
«Ha sido un desafío. A medida de que uno va haciendo clases y va integrando a los alumnos en su vida cotidiana, entre comillas, va perdiendo un poco la privacidad. La gente, al generarse esta confianza, a veces se pasa, no llegan a la hora, se están yendo tipo diez de la noche, a veces 10:30. No es llegar y decirle al cliente: Oye, yo tengo que ir a descansar o hacer mis cosas . Eso ha sido lo más difícil».
¿Se quedan hasta tarde o pasan mucho rato ahí?
«El cliente en sí, al ser una casa y un espacio mucho más familiar, lo toma como que es su espacio, su casa. Muchas veces hay gente que llega, por darte un ejemplo, a las cinco de la tarde y se está yendo a las ocho de la noche. Hay gente que llega a las siete y se está yendo a las diez porque me dicen: Oye, me voy a poner a trabajar . Muchos tienen home office, entonces llegan, toman su computador, se instalan en la cocina o en el patio y se ponen a trabajar antes o después de entrenar. Pero creo que es el costo de trabajar en la casa y, sobre todo, de fidelizar al cliente. Es lo que nos hace, entre comillas, ser diferentes a los otros gimnasios».
Nada que ver pero ¿la cena de Navidad cómo la hacen?
«La hacemos en el patio, que es grande. Instalamos el arbolito, cenamos afuera y tenemos un espacio que nos permite realizar eso».


