Nieta recuerda a Víctor Martínez, el hombre de 75 años que mataron en el portonazo de Maipú

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Sacaba su camioneta Mitsubishi Eclipse de la casa para ir a trabajar

Hace dos años había sufrido otro portonazo. Esa vez logró defenderse y no entregó el furgón en que viajaba.

Víctor Martínez Riquelme, mecánico de 75 años, salió temprano, a las 6:15 am. Subió a su camioneta Mitsubishi Eclipse, estacionada fuera de su casa en la calle Hernán Bravo Cruz, en Maipú. Iba a trabajar cuando un auto se acercó. Tres hombres bajaron, lo interceptaron y trataron de quitarle la camioneta. Víctor se resistió y hubo un forcejeo. Lo golpearon y lo dejaron tirado en la calle. No hubo disparos, pero las heridas lo dejaron sangrando frente a su propia casa.
Una vecina que iba al trabajo lo vio en el suelo y lo reconoció. Avisó al chat vecinal. Poco después, lo subieron a un furgón y lo llevaron al Hospital El Carmen. A las 7:10 am, los médicos confirmaron su muerte. El fiscal Patricio Rozas dijo que la Fiscalía Metropolitana Occidente quedó a cargo de la investigación.
Javiera Martínez, su nieta y estudiante de segundo año de medicina veterinaria, fue a despedirlo afuera de la casa. «Yo quería que él me viera titulada», dijo. Víctor había sido su apoyo incondicional, más que un abuelo. «Yo no tuve a mi papá, y él fue como mi papá. Me lo quitaron. Fue asesinato, no fue accidente: me quitaron a mi papá», agregó. Víctor le pagaba la universidad y le recordaba que se concentrara en los estudios, que terminara su carrera antes de pensar en otras cosas.
Aunque no vivían juntos, se veían cada fin de semana. «Somos una familia pequeña», explicó Javiera. Víctor era el corazón de esas reuniones. Todos los domingos se juntaban, y a él le gustaba ver a la familia reunida. «Era feliz con eso», dijo Javiera.
Portonazo anterior
Víctor era el típico hombre que valoraba el trabajo y la familia por encima de todo. «Esto ocurrió alrededor de las seis de la mañana. Mi papá siempre salía a trabajar a esa hora. Ya estaba jubilado, pero era amante del trabajo. Le gustaba más estar en la pega que en la casa; y ocurrió que, mientras sacaba el auto, le hicieron el portonazo. Le dieron un golpe en la cabeza, pero mi papá se resistió. Esta no era la primera vez que le pasaba. Fue el segundo portonazo que le hicieron», agregó.
Héctor Palavecino, amigo y ex compañero de trabajo de Víctor por 40 años, también fue a despedirlo. «Yo me jubilé, me retiré hace poco tiempo. Víctor era mecánico de taller», dijo.
Héctor recordó el otro intento de portonazo que Víctor había enfrentado dos años atrás, en el Noviciado, en la Ruta 68. «Él cerró su puerta, pero lo golpearon. Le pegaron fuerte en la cara, estuvo con licencia más de 15 días. Esa vez fue a buscar a un familiar en un furgón. No se lo quitaron, alcanzó a arrancar», relató.
En su tiempo libre, Víctor prefería estar en casa con su familia. Años atrás, jugaba fútbol con sus compañeros de trabajo en el estadio de Goodyear, en Maipú. Palavecino recordó cómo mostraba su carácter en la cancha: «Era más o menos nomás, jugaba de lateral. Tenía mal genio, lo golpeaban y quería irse a las manos», contó.
David, otro amigo y compañero de trabajo, llegó también a la calle Hernán Bravo Cruz para despedirlo. Recordó que la semana pasada Víctor le había contado que su señora se sentía mal y la había llevado de urgencia a una clínica. Preocupado, la dejó con un hijo para que la cuidara. «En estos días, Víctor estaba viviendo solo. El viernes me dijo que estaba cansado, que quería descansar», contó David.
Víctor tenía dos perros que había adoptado. David recordó cómo siempre los sacaba a pasear temprano, antes de irse a trabajar. «Ahora uno de ellos anda por ahí, se quedó afuera».

Gladys, vecina de más de veinte años, también se sumó a las palabras de despedida. «Es la primera vez que tenemos algo tan triste y tan grave en el sector. Nunca había pasado algo así», dijo, mientras miraba la calle tranquila que hasta ahora siempre había sido segura. Cerca, el perrito de Víctor, que solía pasear cada mañana antes de irse a trabajar, merodeaba sin rumbo, como esperando su regreso.

«Fue el segundo portonazo que le hicieron», Javiera Martínez, nieta.

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