María Antonieta Neira, de 57 años, dice que estuvo a punto de entregarse a la muerte
Durante el terremoto, se refugió debajo de una mesa de su casa y después un vecino la obligó a arrancar, porque venía lo peor.
Estaba sola en su casa María Antonieta Neira Castro, de 57 años, la madrugada del 27 de febrero. Su marido había viajado a Santiago y ella tuvo que enfrentarse con lo puesto al devastador maremoto.
Al principio, esta funcionaria de la Celulosa Constitución solo atinó a refugiarse debajo de una mesa. El piso, el techo y las paredes se movían, pero ella se quedó petrificada. Cuando todo se detuvo, el peligro seguía latente, pero no lo sabía.
Su casa pertenece a la Villa Celco, solo a un par de cuadras más arriba de La Poza, en Constitución, y frente a la Isla Orrego. En palabras sencillas, estaba en el camino que seguiría el agua.
Si no es por un vecino que la vio desde la ventana y que le gritó que arrancara, ella hubiese seguido debajo de la mesa.
María Antonieta salió de su casa y quiso correr por calle Blanco, pero la casa de la esquina se había derrumbado entera y los escombros bloqueaban el paso. Siguió corriendo y a las pocas cuadras reventó la primera ola. No era muy fuerte. Quizás podría regresar a su casa. Volvió la vista y la luz de la luna le mostró que en mar se formaba una segunda ola, mucho más grande que la primera.
«Era algo aterrador. No sé cómo describir ese ruido», cuenta.
Siguió corriendo y cuando no pudo más se agarró de una rama de un árbol. Así debía resistir, pero con agua por todos lados empezó a sentir olor a gas. La ola no sólo se llevó todo a su paso. También esparció fuertes emanaciones tóxicas y ella se empezó a sentir mal. Le costaba respirar, estaba por soltarse de la rama.
«Cuando estaba en el árbol, le suplicaba a Dios otra oportunidad para estar con mi familia», explica.
El agua le llegaba al pecho y escuchó que había movimiento a su alrededor. Era un joven que nadaba y que la sostuvo aferrada al árbol.
Cuando todo pasó, arrancó a los cerros. «Anduve como tres días divagando. Estaba perdida. Volví cuando me encontró una conocida», asegura.
-«No demoler, por favor»
Constitución hoy en día está reservada solo para valientes. La mayoría de las familias que lo perdieron todo se han ido, pero, para evitar cualquier posible mal rato al regreso, han dejado escritos mensajes en los frontis de las casas del tipo «no demoler, por favor». En una casa optaron por «Familia Moraga, todo ok» y un número de teléfono de contacto.
-«Cuando estaba en el árbol, le suplicaba a Dios otra oportunidad para estar con mi familia»
María Antonieta Neira


