Javiera Torrealba puso la nota de belleza en ceremonia del próximo gabinete
La chica tuvo la misión de recoger las treinta y una carpeta de los nominados por el Presidente Electo. Es una lata, admitió, con sus curvas y su audaz tatuaje.
Por fin se acabó esa distorsionada melomanía que dominó por la conformación del gabinete. «Ese nombre está sonando», decían los especuladores de café, como si armar gabinete fuera una armónica composición musical sin espacio para desafinar.
Ayer se finiquitó el equipo de gobierno con el anuncio de los subsecretarios. Y se recordará la bizantina discusión sobre el perfil del equipo de segunda línea. Siguiendo con la metáfora musical, a juicio de los partidos de la Alianza ahora se debía entonar con un contrapunto más político a los chicos del ministerio de clara estirpe técnica-ejecutiva.
Se entienden entonces los primeros minutos de Sebastián Piñera en el Museo de Bellas Artes. Apenas sube al proscenio desciende como si olvidara algo. Se devuelve a la primera fila a saludar a los preclaros hombres partidarios de la Coalición por el cambio. Tres puntos buenos.
Comienza el desfile de los ungidos. El primero en aparecer en escena es Rodrigo Ubilla, a cargo de la Subsecretaría de Interior. Piñera le pasa la carpeta con información sectorial, y muestra a todo el mundo el cronómetro que medirá el acuciante tiempo del «cambio el futuro y la esperanza». Ambos adminículos los recoge una guapa mujer que libera las manos de los designados para que se ordenen como una graduación.
Así podríamos seguir con los treinta elegidos restantes. Como toda ceremonia de esta índole, la concentración tiene el contexto ideal para cavilar sobre la inmortalidad del cangrejo. Aquí no es el caso; quien se apropia de las miradas es la chica de las carpetas, la curvilínea Javiera Torrealba, hija de Raúl, el alcalde de Vitacura.
Allí la vemos, yendo de un extremo a otro de la tarima para orientar a los presentados. Lo hace con un caminar gatúbelo que trastorna, aportando estética a un evento interminable. En los pocos minutos de quietud encoge una pierna para el descanso y deja en evidencia un discreto tatuaje que adereza su figura con un dejo de audacia.
«Sí, es una lata», reconoce sobre su mecánico rol en esta mañana, pero agrega » se hace por buena voluntad». Se complica en seguir hablando de su vida, hasta que otra de sus amigas -Francisca Cruzat- se acerca y la anima «pero si tú eres bonita, ¡reconócelo!».
«Soy publicista y trabajé en la campaña de marketing con la Manena -hija mayor de Sebastián Piñera- y con Ignacio Rivadeneira. ¿Si tuve algún entrenamiento para esto? Estás más loco, jajá, antes hice lo mismo para el anuncio de ministros. Y sí, soy soltera», revela.
Se pierde la noción del tiempo y sin saber cómo se acaba el ritual ministerial . Javiera se pierde por los rincones del edificio, cual inspiración que dejó al poeta.


