Chile ayuda a Chile: claro, claro que lo ayuda, ¿pero hasta cuándo lo ayudará?
Una señora me contaba hace unas horas que su madre, aunque su casa se vino abajo durante el terremoto, está confiada de poder levantarse por sus propios medios, a condición de que se lo permitan. El caso de esa anciana debe de ser relativamente común en el sur: se cayó el adobe, pero son completamente recuperables las valiosas vigas de pellín, las puertas y las ventanas de calidad, las tejas, los pisos duraderos. Entre los familiares y los amigos hay mano de obra; la fuerza y la voluntad es lo que menos le falta. La mujer, pues, estaría en buen pie, necesitando por ahora sólo recoger las maderas y parar una rancha, mientras construye una casa de verdad, pero una serie de obstáculos y descriterios municipales le impiden algo tan básico como recuperar los restos salvados de la catástrofe.
Me parece que hay algo que se escapa en la planificación de la «reconstrucción de Chile», como se ha llamado pomposamente a los meses y años que vendrán. Hasta ahora sólo se ha visto una visión paternalista, asistencialista y unívoca de la ayuda social, en que la meta -necesaria pero corta- de llevar mediaguas, primeros auxilios y metralletas a los afectados se ha impuesto como único leit motiv, sin considerar el pasado ni el futuro de la gente que lo ha perdido todo y que ahora, más que unos tristes paños fríos y el consuelo de «un techo», necesita muchos martillos y clavos para levantar lo que ha caído y ver un horizonte propio, donde se pueda vivir como antes o mejor que antes.
Chile ayuda a Chile: claro, claro que lo ayuda, ¿pero hasta cuándo lo ayudará? La Teletón está bien, pero es pura adrenalina gerencial y excitación momentánea y atolondrada de televidentes, ebullición que nunca, pero nunca, podría haber surgido mientras sucedía en nuestras narices, desde mucho antes del terremoto de Cobquecura, el terremoto lento de Maule, Arauco o Malleco: todas esas provincias en que la vida ha sido desde siempre demasiado frágil, aunque el temple parece aguantarlo todo.
Esta Teletón fue bombástica y todo el mundo lo festeja. Don Francisco parecía sacar billetes de un pozo sin fondo y cada cheque salía con una facilidad nunca vista, todo movido por su mayor y más apetecido combustible: esa suerte de parafina monetaria que exuda la mano izquierda cuando la diestra cacarea en la plaza pública su extraordinaria caridad. En vez de Teletón, parecía un concurso de apuestas. En vez de abrazos presidenciales, un baile de Marlén Olivari en el «ciclón millonario» habría decorado bien ese grotesco carnaval de los «campeones mundiales de la solidaridad».
Pero está bien, la Teletón está muy bien, sobre todo para los que se sienten campeones, pero también para los demás, porque sin ella la emergencia sería más desastrosa de lo que es. Lo que no está muy bien es la autocomplacencia exultante que brota de ella y que hace preguntarse cuántos de esos campeones, partiendo por los representantes del pueblo, estarán dispuestos a defender sus laureles convirtiendo la solidaridad plástica en verdadera cohesión nacional y metiéndose la mano al bolsillo para rediseñar en serio el borde costero, construir ciudades en que el progreso sea bienestar y no el paraíso de los especuladores, e impedir que el sur se convierta de una vez y para siempre en la gran población callampa que ahora se ve venir como una espantosa marejada.


