Escaparate

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Allí estás    

Juan Santander. Marea Baja, 2009, 45 páginas.

Este primer libro del poeta Juan Santander Leal es engañoso: juega con su apariencia inocente y adolescente, pero bajo las transparencias de esa escritura hay más que leer. Es justamente ése uno de los mayores méritos de estos textos: dosificar con precisión el nivel de transparencia o claridad. El primer poema, «Tienes sed», es representativo de eso y está para ponerlo en un marco: «Los labios salados también cantan / y déjame decirte que en mis ojos / yacen pueblos enormes y rosados / tardes largas pasean por la calle / como un viejo heladero en bicicleta / y me obligas a estar con tus amigos / mirando remolinos en la esquina / sentado en el declive de un jardín / mientras llega la sal hasta nosotros». Hay resonancias -un poco de Jorge Teillier, algo de Nicanor Parra, otro poco de Kavafis- que cuajan en una propuesta original, rara en el contexto chileno (por su serie de referencias desérticas y nortinas) y, además, riesgosa, porque se conduce en los terrenos de un lirismo sutil, llano, de palabras comunes y relativas en general al tema del amor, lo que fácilmente puede caer en lo simplón y lo «poetizado», pero no es el caso: por el contrario, la delicadeza muestra que también tiene su filo.  Leonardo Sanhueza

Recolector de pixeles

Christian Aedo. Ripio Ediciones, 2009, s. p.

Letras que se disgregan en la página, algunas frases y palabras que están impresas en tintas más tenues que el resto, poemas partidos por la mitad como con tijera o desplazados de su centro o derechamente «pixelados» o borroneados: todo en este primer libro del poeta Christian Aedo incluye las ideas de disgregación, ocultación, precariedad, en relación con la memoria. El epígrafe de Enrique Lihn conduce el libro: «El papel se llena de signos / como un hueso de hormigas». En este caso, las hormigas o signos se refieren a pedazos o restos de imágenes de la ciudad, de la televisión o de espacios domésticos que lentamente se han atomizado o destruido, formando con ello una ráfaga de datos remanentes o residuos de una época. Los faquires del Paseo Ahumada, escenas de feria libre o aquella vez en que nevó un poco sobre Santiago, a mediados de los noventa, son puntos en que Aedo conecta con fuerza y velocidad la memoria individual con la memoria colectiva y la historia: «La última vez que cayó nieve sobre Santiago / fue solo un espacio de Transición / no alcanzó a tocar el piso / se desvanecía en el aire nos conocimos / no podríamos decirlo de otra manera o con palabras / en los sectores de la ciudad donde todo se pierde». L. S.

El futuro no es nuestro

Diego Trelles Paz (Ed.). Uqbar Editores, 2009, 198 páginas.

Esta antología incluye cuentos de narradores latinoamericanos nacidos entre 1970 y 1980, es decir, comparte muchos puntos en común con el libro a que dio lugar el sonado encuentro Bogotá 39. El volumen viene precedido por un interesante prólogo del autor de la selección, el peruano Diego Trelles Paz, quien allí provee de un andamiaje al conjunto en base a elementos históricos: son autores nacidos después de Mayo del 68, se educaron bajo dictaduras militares y fueron testigos de la caída del Muro, la matanza de Tiananmen, el fin de la Unión Soviética, la masificación de internet, el suicidio de Kurt Cobain, etcétera. En buenas cuentas, es una generación que ha visto derrumbarse su presente, mientras escuchaba de fondo la cantinela «el futuro le pertenece a la juventud». Se trata, además, de una generación que literariamente ha sido formada a la sombra del derrumbe de la novela abarcadora y total, en contraste con la valorización de la hibridez de géneros y con una disminución de la influencia de las grandes editoriales en el devenir de la literatura. Junto a la de Bogotá 39, este libro es así una referencia ineludible para conocer por dónde van los narradores actuales. Elías Palmer  

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