Allamand se convirtió en el mejor nuevo amigo de Piñera y trabajó como chino.
Desde el retorno de la democracia que no se comentaba tanto un nombramiento de ministros. Quizás por eso anoche soñé que había cambio de gabinete incluso antes de que los recién nombrados asumieran. Para empezar, Andrés Allamand pasaba a Defensa. El senador tiene toda la razón, lo que le sucede es bien injusto. Él hizo todos los lutos, se convirtió en el mejor nuevo amigo de Piñera, trabajó como chino, hizo los puentes y se sacó todas las fotos. El día del triunfo era el más feliz y al final no le tocó nada. Le veo sentido a su molestia y a su frase «los políticos están para trabajar y los ejecutivos para gobernar». Fuerte.
Dentro de este mismo sueño Ravinet no soportaba alejarse de sus camaradas de la Democracia Cristiana y quedaba tan afectado que terminaba dando paso a Allamand. Los cambios seguían: a Camila Merino la reemplazaba Arturo Martínez, el presidente de la CUT, para que así realmente el gabinete tomara forma de unidad nacional. Hasta Pablo Lorenzini agarraba un cupo en la Cancillería. María Antonieta Saa debutaba como vocera. Sólo a mi gran amigo Joaquín Lavín lo dejaban tranquilo. Pucha que se tiene merecido su cargo, eso no debiera discutirlo nadie.
El sueño seguía con hermosos gestos. Para arreglar el problema de Rodrigo Álvarez ponían a Marcela Sabat en el Sernam y así el diputado se quedaba en la Cámara. Fontaine se iba para ser reemplazado por Carlos Larraín, lo que para el chileno medio es lo mismo. Luciano Cruz-Coke tenía que asumir recién el 2011 para que la ministra Urrutia alcanzara a explicar qué pasó con las platas y los fondos a rendir. Ahí empecé a escuchar una voz que me decía «Vasco, Vasco, si sigues soñando no te darán ningún cargo». El de la voz era Hinzpeter.


