Con el terremoto caen las insignias políticas, caen las cruces y las estrellas de David, caen los compases y las escuadras, las hoces y los martillos.
En el sueño profundo de esa madrugada, en que con cada resuello se nos iba el verano, suavemente, con sus duraznos y soles amarillos, mientras arriba las estrellas granaban tiritando y los grillos desafinaban sus requiebros de minúsculos galanes entre la alfalfa fragante, era simplemente una noche más entre las miles de noches del prodigioso estío chileno. La misma y única noche imperando para todos.
Y entonces fue que, sin aviso alguno, bramando, rugiendo, despertamos a un planeta bronco, cimarrón e irreconocible, que nos rompió en dos el corazón de Chile, dejando ver a través de esa grieta horrendos maremotos, espanto de seres sepultados vivos entre escombros, hombres y mujeres huyendo de monstruosos oleajes por pinares impenetrables, niños perdidos en las tinieblas.
Vimos, a través de esa grieta que rasgaba el muro de la noche, crecer el miedo, el dolor, el hambre, el desconcierto estremecido de nuestra gente vagando entre escorias. Los gemidos de hombres que son nuestros hermanos, piensen como piensen o crean en lo que crean. Atisbamos también la violencia desatada por ese desconcierto, esa reacción primaria y natural que no es de hombres de bien juzgar desde la seguridad y la comodidad que nos asiste al escribir estas líneas.
Divisamos allí, con pesadumbre, esos bellísimos pueblos costeros donde nunca estuvimos y donde ya nunca estaremos, porque están convertidos en rumas informes, en grotescos vertederos del infierno. Pero también, del otro lado de la fisura colosal, se nos apareció de pronto, inmensa, el alma indestructible de nuestra patria.
Con el estremecimiento de la Tierra caen las insignias políticas, caen las cruces y las estrellas de David, caen los compases y las escuadras, las hoces y los martillos, caen los relojes rojos. Chile es uno solo y ese Chile, imparable y solidario, somos todos, luchando juntos para ponernos de pie lo antes posible. Lo que nos acerca es mucho más que lo que nos distancia. Recordemos a Neruda diciendo: «Si cantas, oh patria terrible, en el centro de los terremotos / porque así necesitas de mí, resurrecta / porque canta tu boca en mi boca y sólo el amor resucita».


