El secreto mejor guardado del valle central, su costa, ahora es pasto del mar, la muerte, y la majadería periodística.
Una vez intenté con mi mujer viajar de Valparaíso a Constitución por la costa. Se supone que un desconocido le había regalado a mi abuelo una parcela en Constitución que nunca nadie en mi familia pudo encontrar ni reclamar. La fuimos a buscar, pero abandonamos el intento antes de llegar.
El camino hacía todo lo posible para perdernos. Se internaba campo adentro y se hacía de tierra, pero nos dejaba ver bosques casi vírgenes, caletas perdidas, playas de lobos marinos y surfistas rabiosos. Todo desolado, enorme, llenos de pájaros, lagunas y bares de enseñas amarilla.
Todo un Chile de perfil que las autoridades, el turismo o la misma historia quería olvidar como fuera, pero donde sentí una fuerza secreta, algo más antiguo que Chile mismo, como esa imagen de las dos cordilleras frente a frente ante la que nos detuvimos un poco más abajo de Bucalemu.
Había algo maravillosamente triste en esos parajes incomunicados que no salían en los mapas. Sé que la tristeza se ha convertido ahora en horror. El secreto mejor guardado del valle central, su costa, ahora es pasto del mar, la muerte, y la majadería periodística.
Ese viaje que soñaba terminar es ahora una pesadilla que no quiero ni imaginar. Un pedazo de paraíso, o de purgatorio, para siempre perdido.


