El solitario mérito de Combate estelar es mostrar a la fierecilla de Yungay más radiante y guapa que nunca.
Salga con confianza . «Combate estelar» (Chilevisión, miércoles a las 22.40 horas, domingos a las 22) es presentado como «una batalla nunca antes vista en la televisión». La razón de aquello es fácil de adivinar: el programa es de los desechables con ganas. Si alguna noche en que lo transmiten se olvida de dejarlo grabando y sale, hágalo sin ningún remordimiento. Estará evitándose una pérdida de tiempo descomunal.
Multiarrendatario. Conduce esto Cristián Sánchez, que hace un tiempo declaró»no me vendí a la farándula, sólo me estoy arrendando». Habría que agregar a ese ingenioso manifiesto que el alquiler ha comenzado a extenderse a los programas chatarra (al menos la farándula informa). Lo curioso es que el «lolo» se presenta de terno a animar este espacio, cuando por el tenor del mismo debería hacerlo con una tenida mucho más informal.
Reality team. Se enfrentan por un premio en dinero dos equipos, uno de desconocidos y otro de famosos (llamados «los poderosos»), que está formado por Gonzalo Egas, Angélica Sepúlveda, Mario Ortega y Mariela Montero. Egas, irreconocible. Complaciente, le dijo en un programa a Sánchez que ni en los reality en que participó protagonizó pruebas tan adrenalínicas como éstas. Angélica, más mina que nunca. Al fin la vemos reír y bromear todo el tiempo. Mario, mal. Cuando no se pasa de revoluciones y se sobreactúa, queda corto y resulta poco convincente. Y Mariela, un encanto. «Conch.», musitó en medio de una prueba en que su equipo estaba haciendo el loco.
Saquero oficial. Como juez de cada competencia fue reclutado el retirado árbitro de fútbol Rubén Selman y su inseparable silbato. Pese a su severidad, no alcanza a hacerle sombra a la gran figura de las autoridades televisivas, el ceremonioso pero no por eso menos pícaro notario de «Chile tuday».
Tierra de gigantes. De las pruebas, la única que ha conseguido captar mi atención más de cinco segundos es la de la «Súper Yenga». Es el típico juego de ir desarmando alternadamente una torre de maderitas sin que se desmorone, pero con el detalle de que acá dichas piezas son enormes, por lo que los competidores cuelgan de una soga, cuales moscas sobrevolando una hamburguesa abandonada.
De estelar, apenas el horario. En síntesis, el típico programucho de verano que, si no existiera esta estación y si no fuera destinada para mandar todo al cuerno e irse de vacaciones, jamás vería la luz. Es duro ser un televidente en febrero.


