Los días contados

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Veo a lo lejos una gigantografía: Faranduleros: tienen los días contados. Vaya, un resabio de la campaña electoral, pero, ¿cómo arremeter tan cruelmente contra el país entero?

El frío de la noche, entrando ya en febrero, es todavía moderado, ocasional, casi refrescante en la madrugada, pero su caricia anuncia que el barco del verano empieza a inclinarse imperceptiblemente (hacia la derecha, por así decir). Los penúltimos entusiastas huyen de la ciudad hacia las playas. Tal vez sea el momento del año más apto para meditar en el destino de todas las cosas: la propia vida, el país, el planeta industrializado que va devorando sus últimas selvas y secando sus lagos poco a poco. «Oye, creo que te adelantas, le estás poniendo mucho», dice una voz a mis espaldas, «todavía no terminan las vacaciones y aún quedan felinos rayados, pájaros multicolores, animales de trompa y cornamenta». Desde la terraza miramos entonces las calles de Santiago recalentadas otra vez por el sol del mediodía. He oído que en estas fechas aumenta el número de perros abandonados por sus amos en la vía pública.

El chileno medio tira a la calle lo que no le sirve o le molesta o le sobra. No sabe reciclar. ¿Cómo podrían reciclarse los perros vivos que regresan al vagabundeo ancestral porque sus dueños corren a las arenas frenéticas del litoral? Una pregunta más para meditar mientras el paisaje urbano se asemeja, a ratos, a un cuadro de Giorgio de Chirico, una verdadera naturaleza muerta. Puede deberse a la perspectiva de esta terraza de altura media, o a la segunda cerveza, entibiada por la lentitud del domingo, o al perfume del vino que los amigos beben allá adentro, apostando a nombres que no me dicen nada: los inminentes ministros de Piñera. En una imagen televisiva, una toma veloz que acaso lo revelaba (pero luego dicen que estoy alucinando), el presidente electo me pareció nervioso, o más bien desconcertado, abrumado a lo mejor por insondables presiones que no se esperaba. Fue un segundo apenas, después ya le sonreía otra vez la máscara. «Estás viendo debajo del agua», dice la voz a mis espaldas, y agrega: «Los ministros ya están nominados y tú sigues en la luna. Además, Piñera no se pone nervioso. Acéptalo».

Puede que la voz tenga razón. Veo a lo lejos una gigantografía que flota en el aire de treinta grados: «Faranduleros: tienen los días contados». Vaya, un resabio de la campaña electoral, pero, ¿cómo arremeter tan cruelmente contra el país entero? Piñera se desubica, me dije. El retrato del elegido se pixelaba de pronto y cambiaba el texto: «Perros de la calle: tienen los días contados». Y luego: «Progresistas: tienen los días contados». Después: «Jubilados: tienen los días contados». También: «Pacientes terminales: tiene los días contados». Una mano me tocó el hombro: «Despierta», dijo la voz, «vamos a la mesa».

Más tarde, ya solo, encendí la tele para salir de dudas, pero me quedé pegado mirando las nevazones del hemisferio norte. La noche se dejaba caer y el calor cedía lentamente. Tenía ganas de leer. La última novela de J. M. Coetzee, dicen, es autobiográfica, pero en ella el autor ya se ha muerto y es evocado por voces que lo conocieron. Una forma como cualquier otra de hablar de sí mismo. Pero tiene su gracia: es como ir pensando ya en el otoño cuando aún los veraneantes no saben que tienen los días contados.

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