Adoptado 25 años atrás por una familia en Suecia, Joel Sjoholm la rompe en el golf
Estudió gratis en la universidad y ha viajado por todo el mundo. Y, al igual que el jugador número uno de golf, Joel también tiene como pareja a una sueca.
Cuando tenía 8 años, Joel Sjoholm no paraba de decirle a Bjorn, su padre sueco, que quería ser jugador profesional de golf. Ahora, es el mismo Bjorn el que le dice que pare. Pero de comer. Le dice que pesa mucho para su estatura, que puede afectar su juego. Sin embargo, Bjorn dice que a Joel no le importa: «Siempre me contesta que su juego está mejor que nunca y que sabe que puede tener a cualquier mujer que quiera».
Y de eso, su padre está seguro. Su hijo ha logrado echarse al bolsillo más de 40 millones de pesos en dos años de golf profesional. Al igual que Tiger Woods, Joel también ha disfrutado del éxito en el amor. Para pasar el frío clima escandinavo, vive con Christina Gisaeus, su rubia polola sueca, que también disfruta del golf. Comparten un departamento en el centro de Gotemburgo, la segunda ciudad más populosa de Suecia.
Joel, la máquina
El oriundo de Santiago se ha ganado el respeto de sus compañeros a punta y codo. Su padre explica que por el buen golf de Joel durante sus años colegiales en Suecia, logró obtener una beca completa en la universidad estatal de Georgia, al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos. Allí jugó en 46 torneos, ganando dos y logrando ser top ten en 16 de ellos.
En 2008, Joel terminó su carrera de sociología con un quinto puesto en el ránking norteamericano de golf universitario y con dos distinciones por su desempeño académico. «Joel dejó la universidad en el tercer puesto a nivel global de golf amateur», cuenta su padre emocionado.
Sus logros en la universidad también se vieron en el mundo del golf profesional. Hasta el momento, Joel ha ganado más de 77 mil dólares y ha jugado en varios continentes. El 2008 fue un año redondo para él. En junio, jugó el torneo BMW International Open en Alemania, donde obtuvo el lugar 24 y ganó casi 20 mil euros. El 13 de julio del mismo año, Joel logró el séptimo lugar en el torneo suizo Credit Suisse Challenge con 4.480 euros. Dos semanas después, alcanzó el segundo lugar del Swalec Wales Challenge en Gales donde se fue con 15.400 euros para la casa.
A lo McEnroe
Todo gran logro requiere de esfuerzo, sacrificios, o descuidos, depende de por dónde se lo mire. El entrenador y amigo de Joel en la universidad de Georgia, Matt Clark, cuenta que la pasión del sueco por el golf lo hacía abandonar sus estudios: «En ocasiones lo pillaba practicando su tiro cuando se suponía que tenía que estar en clases estudiando».
Claro que capear clases por su pasión por el golf no fue su único problema. Joel admite que por su sangre latina era un tanto inflamable: «En el principio, si no me iba bien en el césped, me enojaba mucho». Al mejor estilo del famoso tenista McEnroe, quien rompía sus raquetas por un mal punto, Joel aplacaba sus nervios destrozando sus palos de golf: «Cuando jugaba en público rompía los palos de pura frustración. A decir verdad, mis expectativas eran muy altas comparadas a mi nivel real de juego».
Cuando andaba más calmado, Matt Clark recuerda que Joel no encontraba nada mejor que perder los palos de golf. Con precios que superan fácilmente los 150 mil pesos, se daba el lujo de perder 1, 2, incluso 3 palos por juego. «Cada vez que se le olvidaba un palo de golf en su habitación, era porque había estado practicando su swing. Siempre me ha impresionado su talento, jugaba con 6 palos e igual ganaba», comenta con admiración su entrenador.
Grande pa
Joel parece tener la vida del pibe. Su oficina es un gran prado verde, gana dinero haciendo lo que ama y se acurruca en el invierno junto a una bella sueca. Pero todo podría deberse al astuto olfato de su padre en los negocios. Con experiencia en inversiones de riesgo, Bjorn hizo los contactos para que dos inversionistas lo apoyaran: «Descubrí que existe gente que está dispuesta para asumir los costos de un jugador de golf. Si al jugador le va bien, los inversionistas recolectan dividendos. Pero si le va mal, el jugador no pierde nada. ¡Es un gran negocio! (It's a great deal!)», comenta con risas.
Para que el dinero fuera lo último en la mente de Joel, fueron sus padres los que le consiguieron financiamiento. Para su costoso equipo de golf, donde sólo el bolso cuesta 150 mil pesos, tiene a la prestigiosa marca de artículos para golf Titleist. «No conozco a nadie en Suecia con ese tipo de trato», exclama su padre con orgullo.
¿Chileno?
Eso sí, la adopción de Joel, como su padre afirma, no fue nada fácil. Bjorn cuenta que lo adoptó a los 3 meses de nacido a través de la agencia nacional de adopción sueca. Y así como había viajado a Bolivia por su primer hijo adoptivo Viktor, quería venir a Chile a buscarlo: «Quería ir yo mismo, para conocer el país y la cultura chilena. Pero no me dejaron. Tuve que viajar a Dinamarca a buscarlo».
Como en todo proceso de adopción, la familia Sjoholm dio cientos de entrevistas a la agencia. Sin embargo, Bjorn explica que nunca se les informó de nada: «Cuando firmamos los papeles de adopción, no sabíamos qué tipo de niño recibiríamos. De hecho, lo único que sé es que a Joel lo abandonaron en las puertas de algún orfanato en Chile». Con un tono grave, Bjorn cuenta que, en aquel entonces, hasta la información de los orígenes de su hijo era escasa: «Cuando lo adoptamos, nos dijeron que nadie sabía el nombre de los padres biológicos».
Criado en Suecia, su sangre latina siempre le ha pedido a Joel un escape a la vida sueca: «Siempre que escucho salsa me dan ganas de bailar. Aquí lo único que los jóvenes quieren hacer es emborracharse. Yo igual tomo algo, pero lo que a mí me gusta es bailar», afirma el golfista. Su entrenador Matt Clark cuenta que se impresionó cuando supo que Joel era sueco: «Los suecos parecen robots y Joel, en cambio, con su tono más relajado, es todo lo contrario».
En febrero de este año, su familia hizo una fiesta sorpresa por el cumpleaños número 25 de Joel. Con 40 invitados y litros de champaña. «Es que a él siempre le ha gustado ser el centro de atención», confiesa Matt. Sin arrugarse, comenta que su pupilo mostró inclinaciones por la buena vida: «Siempre trataba de que todos la estuvieran pasando bien, aun cuando él tenía que despertarse temprano al día siguiente por un torneo». Claro que siempre tuvo claro que su amigo tenía una combinación bien particular en sus genes: «Aunque Chile y Suecia son lugares muy distintos, creo que Joel los tiene a ambos corriendo por sus venas».
Muy lindas serán estas palabras, pero de su pasado chileno, Joel no se entusiasma mucho. De hecho, el año anterior rechazó una invitación a reconectarse con sus raíces en un viaje a Sudamérica. Su padre Bjorn explica que su hermano mayor Víktor, de origen boliviano, prendió al tiro con la idea: «Fue el único que quiso ir. Está orgulloso de tener raíces bolivianas. Joel, en cambio, me dijo que ya conocía varios países y que no estaba interesado en ir».
Lo único que el sueco sabe de su pasado latino es que por tres meses se llamó Patricio Alejandro Morales. De hecho, dice que sólo sabe saludar y despedirse en español porque «nunca les puse mucho empeño a los idiomas en el colegio».
Recuadro :
-Cuando firmamos los papeles de adopción, no sabíamos qué tipo de niño recibiríamos. De hecho, lo único que sé es que a Joel lo abandonaron en las puertas de algún orfanato en Chile.
-La particular familia de Joel
La familia de Joel es bastante atípica por donde se la mire. Ya que sus padres no podían tener hijos, adoptaron a Viktor desde Bolivia, Joel desde Chile, y, como último gran esfuerzo, pudieron concebir a Felix, el menor.
Viktor, el mayor, es un medallista de plata de gimnasia en Europa. «Si Viktor veía a alguien molestándome, él se metía a defenderme», cuenta orgulloso Joel. Su padre Bjorn cuenta con risas cómo fue la primera reacción de Viktor al ver a su nuevo hermano chileno: «Cuando vió a Joel por primera vez estaba desilusionado porque no era tan café como él».
Joel fue siempre un niño bien hiperkinético. De hecho, cuenta que las 10 niñeras del pequeño pueblo donde vivía renunciaron: «Se molestaban mucho porque querían que yo hiciera deportes por 15 minutos y que, por el resto del tiempo, me quedara quieto. Pero yo simplemente no podía».
Es por eso que, medio a regañadientes, sus padres, sin tener quien lo cuidara, lo llevaban a la cancha de golf. «Este niño no paraba. Tenía mucha energía, claro que cuando se cansaba había que arrastrarlo de vuelta al auto», cuenta riéndose su padre.


