El guerrillero del amor

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Ya es tarde para echar pie atrás. Pase lo que pase, a Vicente Sabatini no le queda otra que seguir firme, al pie del cañón, porque ésa es su misión en el mundo: ser un profeta del amor.

Una breve investigación me ha llevado a establecer que el día 14 de marzo de 1994 tuvo lugar el primer síntoma de la locura de Vicente Sabatini. Me refiero al estreno de su teleserie Rompecorazón , la cual, como todo el mundo recordará, era promocionada con el slogan «Una teleserie que te llenará de amor». Antes de eso Sabatini no conocía la palabra amor, o la estaba aprendiendo, quién sabe; el hecho es que desde ese día, veamos o no teleseries, tengamos o no televisor, hemos vivido dieciséis años bajo el imperio del director del amor.

Si alguien pensaba que Corazón de María («El amor nunca muere») y Viuda alegre («El amor mata») habían sido los últimos estertores amorosientos -eso al menos indicaba el alejamiento de Sabatini de Televisión Nacional-, estaba ciento por ciento equivocado y más le vale acostumbrarse a la idea de que esto va para largo, porque el hombre al parecer está completamente poseído.

En efecto, el verdadero «guerrillero del amor» no es Manuel Rodríguez, sino Vicente Sabatini. Eso es. Manuel Rodríguez podía saber mucho de libertad y combate, pero en el dominio obsesivo de la palabra amor queda como un aprendiz si se le compara con el director de Sucupira («El paraíso del amor»), Iorana («Bienvenido al amor») y La fiera («Una promesa de amor»). Es tal el poderío del almirante del amor que incluso ha contagiado a su ex colega de TVN María Eugenia Rencoret, quien tuvo sus accesos amorosientos en obras de clara estirpe sabatiniana como Santo ladrón («El milagrero del amor»), Aquelarre («El embrujo del amor») o Tic tac («La magia del amor).

Ya es tarde para echar pie atrás. Pase lo que pase, a Vicente Sabatini no le queda otra que seguir firme, al pie del cañón, porque ésa es su misión en el mundo: ser un profeta del amor. Aunque saquen la palabra amor del diccionario, él continuará con la bandera del amor en alto, dormirá y soñará con el amor, y amanecerá cantando al amor cada mañana, bajo su ducha de amor, ojalá»Soldado del amor», de Mijares. No importa que sus teleseries ya no cuenten historias de amor, sino de odio, envidia, dinero, estupidez, risa, absurdo, intrigas, traciones y fracaso. El tema es lo de menos. Lo importante es que el príncipe del amor no dé nunca su brazo a torcer, sino que imponga su amor en la pantalla, con el mismo ímpetu con que sacara adelante Oro verde («La naturaleza del amor»), Puertas adentro («Amor entre dos mundos»), El circo de las Montini («Emoción, amor e intriga a todas luces»), Los Capo («É arrivato l'amore» y, después del capítulo 11, «Ha llegado el amor») y sus grandes éxitos Romané («Amor gitano»), Pampa ilusión («El espejismo del amor») y Estúpido cupido («Una teleserie al ritmo del amor»).

Eso se llama imponer un sello, una firma autoral. Sólo en casos muy justificados Sabatini ha dejado a un lado su misión: Los Pincheira , por ejemplo, porque era, «más que una teleserie, una leyenda». El resto, dieciséis años de puro amor. Eso se llama perseverancia.

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