La ministra Ena Von Baer no puede llorar

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El jueves la secretaria de Estado se encontró con sus mejores historias

Me emocioné mucho. Ver a mis compañeros, estar en Gorbea, mi casa, fue muy bonito…pero bueno, no me puedo poner a llorar en cualquier parteexplica.

A las nueve y media de la mañana, Joanna Godoy junto a Héctor y Ariel Valenzuela esperaban ansiosos que su ilustre ex compañera cruzara la puerta del Complejo educacional La Granja C55 de Cajón. Hace exactamente 27 años, Ena Von Baer compartió, sala, tareas y recreos con los niños más humildes del campo cercano a Temuco. Después de pasar sus primeros años escolares en el Colegio Alemán de la capital, la vocera, que en ese entonces aún no cumplía ocho, libraba una batalla diaria con su madre porque no quería ir al colegio. «Mi objetivo era aprender a leer y cuando lo conseguí sentí que no tenía nada más que aprender, así que no quería volver a clases», relata Ena mientras disfruta del calorcito sureño. Y, ¿qué podía hacer la señora Helga con su hija si estaba empeñada en hacer valer sus argumentos? La madre le comunicó que era imposible que diera por finalizada su escolaridad y la inscribió en la pequeña escuela agrícola del pueblo donde vivían los Von Baer-Jahn.
Sin zapatos

Don Luis Monsalve también se pasea por la puerta principal esperando que llegue la ministra, el auxiliar lleva 43 años trabajando en el colegio y cuenta orgulloso: «la mamá de la Ena decidió ponerla en el colegio para que tuviera más roce social. Esta era una escuelita pobre, donde venían muchos niños del campo, muchos no tenían zapatos y para que no se notara tanto la diferencia con los que sí tenían, las profesoras les pedían que trajeran pantuflas tejidas. Cuando llegaban al colegio se las ponían y así andaban todos iguales», recuerda.

Nada más cruzar el umbral del colegio, la ministra Von Baer abraza a cada uno de sus ex compañeros y sus ojos retienen el primer latigazo de emoción del día. Pregunta cuántos niños hay actiualmente en el colegio y cuántos son de origen mapuche porque cuando cursó tercero básico en este establecimiento, la vocera convivió con muchos niños que venían de las comunidades indígenas, experiencia que «le cambió la vida».

-¿Qué le pasó ese año?

-Gracias a mi mamá, me di cuenta de que había otro mundo con niños que llegaban sin zapatos al colegio, niños que no tenían qué comer y muchos eran mapuches a los que no les dejaban hablar mapudungún ni jugar palín en la escuela. Después de vivir esta realidad me di cuenta de que tenía que agradecerle a Dios por los regalos que me había dado y desde entonces tuve la necesidad de dedicarme al servicio público, sobre todo en mi región, confiesa resuelta.

-Pero al año siguiente volvió al Colegio Alemán

-En esa decisión fue muy importante mi abuela porque ella siempre decía que Dios nos había regalado muchos talentos y que teníamos que aprovecharlos para después poder repartirlos y me di cuenta que tenía una posibilidad de hacer eso. Volví y fui una buena alumna, me dediqué a estudiar

-Tuvo conciencia de que si seguía en una escuela rural no iba a tener tantas posibilidades a futuro

-No sé si fue eso. Yo creo que vivir las diferencias sociales me hizo tener claridad sobre lo que tenía que hacer para dar la pelea para que desaparezcan.
Corre ministra, corre

Ena avanza hasta la actual sala de tercero básico. Ahí están los niños, cada uno sentado frente a un notebook y ahí está la ministra pidiéndoles que aprovechen la oportunidad de estudiar. Se despide y camina rápidamente a la oficina donde funciona la radio del colegio, los periodistas escolares le piden que mande un saludo radial, Ena agradece a todo el pueblo de Cajón por el cariño recibido y les desea suerte. Su entrevistadora le devuelve la mano: «Suerte para usted también porque tiene mucho trabajo y muy importante». A la ministra se le quiebra la voz pero logra despedirse de los oyentes.

Cuesta que Ena salga de la escuela, pero hay poco tiempo, debe llegar rápidamente al auditorio de la Universidad Mayor de Temuco para asistir a la presentación de las nuevas autoridades regionales, pero exige hacer una escala. A pocas cuadras del colegio está la casa de sus padres, se baja del auto y mira desolada lo que queda de su hogar después del terremoto. La fachada en reconstrucción está llena de plásticos. Entra y a los dos segundos cruza un pequeño camino y se pone a correr entre el pasto para llegar a la oficina de Semillas Von Baer, la empresa familiar. De la pequeña casa blanca sale abrazada de una mujer con delantal blanco, con los ojos húmedos se excusa: es que vine a ver a Rocío, ella me crió.

-¿Por qué la estampida después de ver su casa?

-Es que había poco tiempo y pensé que podía estar mi papá en la oficina.y la Rocío también. No quería que pensara que había estado allá y que no la había ido a saludar. Ella es la técnica del laboratorio de mi papá y yo pasé mi niñez metida ahí, cuenta con una seudo sonrisa.
Meine Mutti

La maratónica jornada de la mnistra termina con la celebración del 106 aniversario del pueblo de Gorbea, localidad que recibió a sus abuelos y donde Ena ha pasado gran parte de su vida. Durante la ceremonia, recibe una distinción como ciudadana ilustre y al iniciar su discurso frente a todos los gorbeanos apostados en la plaza, la vocera recuerda con profunda emoción a la Mutti, la mujer que hasta su muerte, el 25 de diciembre pasado, era un ícono del pueblo y una de las personas más importantes en la vida de Ena.

-¿Cómo era su abuela?

– Muy fuerte, muy perseverante y muy estricta pero al mismo tiempo cariñosa. Todos en Gorbea sabían quié era la Mutti, porque ella era muy preocupada por su entorno. Yo viajé mucho con ella, salíamos a mochilear, incluso hacíamos dedo.Una vez le pregunté, cuando ya tenía más de 90 años, qué era lo que la mantenía viva y me dijo que era por curiosidad, quería saber qué iba a pasar con nosotros y con el mundo, cuenta con los ojos brillantes.

Antes de volver a La Moneda, Ena va a almorzar a la casa de la Mutti que ahora habita su hermana Karina. Para llegar al «castillo» como le dicen los locales, hay que cruzar un puente colgante larguísimo que la ministra atraviesa casi corriendo. Veinte minutos después sale del caserón familiar con un tupperware que guarda un pedazo de torta hecho por su madre. «Es que es mi favorita, no me la puedo perder», dice mientras sontiene el envase plástico. El destino final es el aeropuerto, pero antes decide hacer otra escala sorpresa. Esta vez la comitiva se detiene en el cementerio de Gorbea, Ena baja y entra sola a visitar la tumba de Mutti. Después de unos pocos minutos, se sube en silencio al auto y prueba la torta que preparó su mamá.

-Tuvo un día bastante cargado emocionalmente, ¿no le costó mantener la compostura?

-Sí, me costó mucho. Me emocioné mucho. Ver a mis compañeros, estar en Gorbea.esta es mi casa, la llevo en la piel, fue muy bonito.pero bueno, no me puedo pone r a llorar en cualquier parte», y se queda callada.

«La mamá de la Ena decidió ponerla en el colegio para que tuviera más roce social. Esta era una escuelita pobre, con niños del campo» cuenta el auxiliar Luis Monsalve.

 

A Ena le duele no ver a sus hijos

H ace dos semanas, personeros de la Concertación pidieron públicamente a Ena Von Baer que renunciara a su cargo en la Secretaría General de Gobierno producto de la fallida designación de Mirko Macari como nuevo director de La Nación. Ante las críticas, la vocera responde: «Cuando me llamó el Presidente de la República tenía claro qué implicaba. Este es un cargo donde eres el rostro y la voz del gobierno. A ti te llegan primero las preguntas y las críticas pero eso yo ya lo sabía».

-¿Está contenta como ministra?

-Estoy fascinada con lo que estoy haciendo porque creo que tenemos un súper proyecto por delante y que hay mucho que darle al país y eso me llena de energía. Pero también hay cosas que cansan y que dan un poco de pena. Siendo sincera me cuesta ver poco a mis niños, eso es difícil porque hay un pedacito de alma que está dolida.

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