«Rigoletto» con muy buena hija

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Si la temporada de ópera «Estelar» (de segundos elencos) dispuesta por el Teatro Municipal se quisiera entender como destinada a potenciar la presencia de artistas nacionales, el actual montaje de «Rigoletto» en su versión para ese ciclo muestra una cara chilena muy menor en los roles principales.

El rol titular, abordado en tres anteriores temporadas de segundo elenco por el chileno Patricio Méndez, lo tomó esta vez el argentino Omar Carrión, quien demostró una vez más ser un gran cantante y un notable intérprete, pero con un timbre lejano a lo esperado de un barítono verdiano, y más aún, a un personaje tan emblemático. Con poca robustez y grosor, en ciertos momentos su emisión suena incluso tenoril, perjudicada además por un volumen que no se proyecta a los niveles necesarios para la adecuada conjunción con las otras voces y la orquesta. Su pleno compromiso emocional con el atribulado personaje sabe vencer la frialdad impregnada por su colega polaco del primer elenco.

Al tenor uruguayo Juan Carlos Valls (Duque de Mantua) no le falta aplomo. ¡Más bien le sobra! Posee excelente presencia escénica, buen timbre, y asciende sin mayor problemas a empinados agudos. Sin embargo, presenta el problema de la falta de un estilo interpretativo capaz de llevar el canto por caminos de mesura. ¿De qué sirven certeros agudos, si se emiten en forma estentórea y carentes de refinamiento?

Al igual que en la versión «Internacional», quien personifica a Gilda, aquí la chilena Patricia Cifuentes, es el mejor elemento del reparto. Cálida, segura, afinada y en plena posesión del personaje, ofrece una gran actuación, que el público aplaude con la mayor efusión.

Gran impresión deja el uruguayo Marcelo Otegui (Sparafucile) al mostrarse como un bajo de los mejores, profundo y sonoro. Claudia Godoy (Magdalena) está en los dos elencos, y la verla nuevamente nos confirma tanto su calidad como su teatralidad absolutamente maqueteada. Al Coro lo apreciamos mucho más seguro que en el estreno «Internacional» y en la dirección de José Luis Domínguez sentimos las debilidades de la falta de vigor en la primera parte.

Al presenciar por segunda vez la curiosa puesta en escena que hizo fugarse la ambientación de la ópera de Mantua del siglo XVI a París del siglo XIX, se nos acentuó la interrogante respecto a tan caprichoso cambio que, reconozcámoslo, no enriquece en nada la célebre obra. Más bien lo empobrece. Confirmamos el escaso aporte escenográfico y que la forma como Gilda aparece vestida de hombre al final de la ópera, tan cercana a la caricatura de un policía de antaño, es un desacierto.

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