Anita Alvarado pasa el día de la madre despidiendo a su hija, que parte mañana a Japón
A la espera de su octavo hijo, Anita termina la pelea con su sucesora en la farándula tras el lío por Pablo Schilling y la bendice en su futuro en Oriente.
Mientras se prepara una contundente ensalada de habas en su cocina, sólo andan revolviéndola por ahí tres de sus siete hijos, pero no deja de ser llamativa la calma zen de Anita Alvarado con ellos. En este preciso momento, Abril, de 3 años, la más chica, está en el jardín infantil, así que Francisca (5), Xephora (7) y Abraham (10) son los encargados de alegrarle la tarde a su madre, la misma que tiene un embarazo de 5 meses y medio, aunque aun así le cuesta consolar completamente la ausencia momentánea de Felipe (17) y la ya definitiva de Israel (28), el único casado, quien fue adoptado por Anita cuando apenas tenía ocho años. Igual por allí también anda Camilo, otro niño que vive en la casa, hijo de una amiga de esta verdadera matriarca.
Pero la gran pena de Anita es que hoy pasará el día de la madre más triste que recuerde. Angie (19), su querida y mediática Angie, parte mañana a Japón a buscar mejor suerte profesional. Allá trabajará como modelo, gracias a los contactos que su propia madre dice haberle conseguido. Por el momento, igual, Anita prefiere hablar de la parte más alegre de ser mamá.
«Me gusta escucharles las conversaciones para ver cómo uno puede convencer al otro de que tiene la razón, sin que importe la edad que tenga. Por ejemplo, para el terremoto, como ellos no lo sintieron, porque estaban durmiendo, con las réplicas, los hijos de mi amiga se pusieron a llorar. Los hice pasar a nuestro dormitorio, donde mis hijos estaban jugando porque yo no me alarmo con esas situaciones para no asustarlos. La Francisca les dijo no lloren, si eso es el viento, por eso se mueven las ventanas.pero no, juguemos . Eso es entretenido», cuenta ya instalada en cabecera de la mesa.
-Tantos hijos, Anita. ¿Siempre soñaste con ser madre?
-Fui madre por primera vez a los 16 años, casi 17. Siempre quise ser mamá. Fui de las niñas que nunca tuvo muñeca. Me imaginaba el día que me regalaran una, cómo la iba a mudar, cómo la iba a cuidar. Éramos muchos niños en la casa, ocho -luego se murió uno-, así que a mi mamá no le daba para comprarnos regalos. Sólo me acuerdo de uno que nos daba la municipalidad por el centro de padres.
A mí a los 10 años me tocó un pescado de plástico amarillo. Qué ridículo. No estaba ni ahí, porque era ahombrada. Era feliz si le ganaba a un compañero a las bolitas y si andaba sucia o jugando al caballito de bronce. Bueno, creo que de esta época ya me quedé pensando cómo lo haría cuando tuviese una guagua.
-¿Y cómo fue tu mamá contigo cuando chica?
-La paciencia que tenía ella también me marcó. Nos daba un pedazo de pandereta a cada una y escribíamos cualquier tontera. Rayábamos la pared con tiza y nos creíamos profesoras. Qué mamá con más paciencia, tantos cabros y nos dejó ser niños. Veía a otros que las mamás les gritaban «¡no te ensucies!» No les alcanzaba la plata para el detergente, así que no los dejaban jugar. Mi mamá nos daba ese privilegio. Luego ella nos bañaba y mi papá nos peinaba.
-¿Tienes bonitos recuerdos de esa época?
-Mi papá siempre llegaba con un chocolate para ella. Siempre fue muy amoroso y detallista con mi madre. Lo que más recuerdo es que estábamos todos en la mesa sentados esperando que él llegara. Él la tomaba en brazos, la levantaba, le daba un beso y la sentaba. Ellos nunca nos mostraron sus problemas cuando éramos niños. Puede ser malo cuando creces, pero es mejor cuando eres niño. Así lo haré: no importa cómo me porte de la puerta para afuera, grosera, atrevida, rota. Me da lo mismo lo que digan. A mí me obligaron y me di el derecho de ser puta. Lo que me interesa es lo que mis hijos vean de mí.
-¿Y tú, te pareces a tu mamá con tus hijos?
-Ella se casó a los 21 y quedó embarazada al tiro. Mis hermanas me dicen «Anita, qué paciencia tienes tú», porque no me altero si mis hijos hacen embarradas. Si es algo importante, sí, pero si no, soy relajada. Por ejemplo, mis hijos rayan las paredes. Bueno, esta casa tiene que ser remodelada dos o tres veces al año. La Abril tiene 3 años y le encanta hacer monitos. Para qué le voy a quitar ese gusto. Vai y limpiái. Y si no sale, compro pintura para la casa.
-¿Eres bien achoclonada con ellos?
-Tengo dos camas en mi pieza, una de tres plazas y otra de dos. Las junto y voy durmiendo con ellos. Al final, amanezco con todos. A medianoche me voy cambiando para dormir mejor, pero me cuesta. Ellos tienen sus piezas, pero quieren dormir conmigo. Un día estaba soñando que no podía respirar y me desperté. Era verdad: eran ellos que me estaban ahogando. Pero quiero disfrutarlos.
Angie, su muñeca
-¿Qué recuerdas de la primera vez que fuiste madre?
-Cuando tuve a la Angie, para mí era un juguete. Era mamá, pero sobre todo sentía que era mi juguete y nadie me lo iba a quitar. Nunca me han importado los papás, porque así no tenía que compartirlos Se sumó que era chica, pues nació de dos kilos y tanto. Más juguete aún. Una vez le conté 16 piezas de ropa que le puse en invierno para que no pasara frío.
-¿Pero te gustó ser mamá?
-De hecho, me gustó tanto que ahí empecé a pensar en la idea de tener muchos hijos. De chica quería ser mamá y a lo mejor lo confundí con la idea de querer tener una muñeca. Puede haber sido. Mientras más cabros, más feliz.
-¿Qué hay de los hombres?
-Me han servido para tener hijos. He querido ser madre, más que todas las cosas. Cuando he sido mujer, he sido mujer, pero mis hijos. El otro día estábamos con la Angie viendo televisión. Ella tiene la costumbre de poner su cabeza en mis piernas y lo le acaricio la cabeza mientras. Pensaba, «cómo uno puede amar tanto». Los amores de hombre son pasionales, carnales, tortuosos. En este amor de madre no importa cuántas embarradas se manden tus hijos.
Cuando veo sufrir a mi hija, aunque sea un par de lágrimas, me queda dando vueltas toda la noche para ver cómo ayudarla. Cuando son chicos los disfrutas más, pero cuando son grandes realmente sabes lo que es hacerse a un lado para que tu hijo tenga un poco de tranquilidad.
-Pero eso no fue lo que pasó entre tú y Angie en su pololeo con Pablo Schilling.
-Es que la Angie se fue en mala. Se fue de la casa por apasionada. A este niño lo puse en jaque para que no anduviera a escondidas con ella. Él la manipuló tan bien, tan bien, que la puso en contra mía. Conozco a mi hija, la crié. Sabía que no iba a durar, que ella se iba a pegar un golpe fuerte. Ahí es cuando uno dice como mamá»no quiero que mi hija se dé ese golpe» y ella no entiende que se lo va a dar.
Todos me decían que no me metiera, pero ¡qué me importa la gente a mí si sé el porrazo que se va a dar mi hija! Al final, fue tanto que lo desafié por televisión. «Me imagino que no vas a hacer que mi hija se arriende algo», le dije.
-¿Importaba la plata?
-Es que cara le salió la gracia a la niña. Y se le cortó la cuerda a la Angie. Dejamos de hablar. Cometió una estupidez de las más grandes. Yo le había cerrado el negocio para «Fiebre de baile» por 2 millones semanales con un preacuerdo. Ella se enojó conmigo, sin entender que no quería que sufriera, porque conozco a los hombres, sé cómo se manejan.
Llegaron con el contrato acá y era por 500 lucas semanales. No quise firmarlo. El productor se fue y se aprovechó de que estaba peleada con ella y la hizo firmar. Yo lloraba de la rabia cuando me enteré. Mucha gente se aprovechó de que estábamos enojadas. Creían que nunca más iba a hablar conmigo.
-Igual ella no volvió contigo.
-Después, cuando le dieron la patada, ella, para estar más cerca de él por si se arrepentía, arrienda un departamento. ¿Para qué, si tienes su casa, su hogar, su mamá? Después la Angie llegó a la casa a pedirme disculpas. Le dije «Pablo Schilling no va a ser tema en esta casa», al menos para hablarlo con ella. Si ella llora, lloraremos con ella. Todo esto le pasó por rebelde, por irse en contra de lo que le enseñé.
-¿Qué le dijiste?
-«Tu madre quería cuidarte tu corazón, para que no sufrieras; tu bolsillo, para que no gastaras en él, para que no llegaras con las manos peladas acá». A estas alturas, ella podría tener mucho, pero se apasionó y le tocó un hombre vivo. Qué rico andar con una mina que te compre todo. Se aprovechó de la inocencia de mi cabra. Me tocó duro como mamá, durísimo.
-¿Cómo decidiste qué hacer?
-Después de que la vi llorar en el suelo, ¡en el suelo!, ¡a mi hija!, dije, «le levanto el castigo. Ya, mijita, váyase a Japón». Es por su estabilidad económica. Va con un trabajo y un contrato seguro, va a conocer a otra gente. Y acá, aparte de «Fiebre de baile», ¿qué otro cosa más la esperaba? ¡Nada! ¿Se iba a ir a un matinal? ¿A «Yingo»? ¿A «Calle 7»? Aquí se acabó. Allá tiene todas las oportunidades.
-¿Qué te decía Angie?
-Ella me rogaba que la mandara cuando terminó, pero yo no quería porque no estaba preparada. Se iba a ir con todo el sufrimiento y se iba a devolver al mes. Ahora, el lunes (mañana) a las 12 del día sale el avión. Este domingo (hoy), más que el día de la madre, celebramos el día familiar. Nos juntamos en la casa de mi mamá, que tiene 63 años, todas mis hermanas, todos mis sobrinos, por los menos 60 personas.
-¿Cómo han sido tus días de la madre pasados?
-Me hacían hacer una lista y elegía un regalo. Yo ponía de lo más caro a lo más caro. Jajajá. No, daba lo mismo lo que me compraran. El Israel siempre compró cremas para que no envejeciera; la Angie, perfumes para que siempre anduviera con buen olor. Eran de esos detalles.
-Igual va a ser distinto el de este domingo.
-Será muy especial, porque es la despedida de la Angita. Uno trata de no llorar, de pasarlo bien. Ese día tengo que estar alegre. Es primera vez que se me va un hijo fuera del país, pero tengo que pensar que ese viaje le va a cambiar la vida.
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-«Cuando tuve a la Angie, para mí era un juguete. Era mamá, pero sobre todo sentía que era mi juguete y nadie me lo iba a quitar».
-Israel, el primer hijo que dejó la casa de Anita
I srael, el hijo que Anita adoptó cuando una amiga de ella falleció, se fue el año pasado de la casa de su madre en la práctica. «Fue el primero que me abandonó, desgraciado. Me dolió mucho. Se fue porque se casó. No tenía cama y yo no quería regalársela porque así estaba obligado a quedarse acá. Al segundo día, pensé que no podía echarle a perder el matrimonio. ¡El matrimonio, no los pololeos de mentira! Además, le tocó una muy buena mujer», explica Anita.
-¿Lloraste?
-Soy llorona, pero me carga hacerlo frente a ellos. Obvio que lloré. Cuando se fue con su esposa, le dije «nunca más llegará a esta casa a quedarse sin su mujer. Si viene, será con ella. Si algún día tiene problemas, voy a aceptar que venga a pedirme consejo, pero nunca a quedarse, porque sería un propulsor para que se separen».
-¿Cómo fue para ti?
-Los más chicos me decían «¿Por qué ya no vive el Israel aquí? ¿Por qué ya no está la Angie? Era más entretenido cuando estaban». Eso a mí me dolió mucho.
-«Qué les importa si trabajo en la disco embarazada»
Anita dice que le encanta tener hijos y eso está a la vista, pero que la única parte del proceso que le desagrada es el embarazo, sobre todo ese momento en que la guata le crece a nivel medio, o sea, ni mucho poco. Igual ella trata de mantener su rutina.
«Me critican porque andaba trabajando en la disco embarazada. Decía, ‘no importa, voy a trabajar en la noche animando, porque los niños no se dan cuenta'.
-Igual te iban a pelar.
-Qué le importa a la gente si ando metida ahí embarazada. Santiago está lleno de smog. Esa es la plata que gasto en mis hijos. Me critican porque voy de cinco meses y medio. Nunca he tenido ningún problema en los embarazos.
-Este hijo, ¿es fruto de qué tipo de amor?
-Mira, tengo puros hijos de parejas de las que me he enamorado, pero éste no. Sé que esto no lo vas poder poner, pero fue una relación de una noche y nada más. Yo me he enamorado varias veces, una sola vez realmente en serio, del Pelao, pero esta vez fue algo solamente carnal. ¿Y qué?


