Con efecto retardado

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Muchas veces los adultos no se detienen a recordar cómo se sentían cuando niños. La infancia les ha ido quedando demasiado atrás, como parte de un país abandonado, que ya no es el suyo.

Le regalé a mi hijo mayor Parranda larga , la reciente antología de Nicanor Parra. El lo recibió con amable resignación y lo puso de inmediato en un estante. Puedo adivinar lo que pensó: que ese libro tenía que ver con la onda de su padre más que la propia. Está bien, no le regalé el libro para que lo leyera ahora mismo, sino porque -conociéndolo- sé que en algún momento no tan lejano de su vida le va a ser necesario.

No todos los regalos que uno hace tienen que ajustarse a los deseos del otro, sobre todo si el otro es un niño. Cuando tenemos curiosidad por una persona, queremos saber cómo reaccionará ante un objeto o un hecho prodigioso que está fuera del área de sus intereses explícitos. A ciertas amigas que odian el fútbol y aprecian la especulación estética, por ejemplo, yo quisiera mostrarles una jugada del último partido entre el Barcelona y el Inter, un tiro esquinado de Messi apenas desviado por el arquero Julio César. En un plano frontal y en cámara lenta, aquella secuencia describe maravillosamente el máximo esfuerzo y la máxima naturalidad del movimiento humano. El disparo de Messi y el vuelo Julio César son fáciles sólo en apariencia, tal como la caída libre de un pájaro rapaz en persecución de su presa.

La escena del regalo me ha hecho pensar que muchas veces los adultos no se detienen a recordar cómo se sentían cuando niños. La infancia les ha ido quedando demasiado atrás, como parte de un país abandonado, que ya no es el suyo. Yo, que nunca he podido alcanzar la madurez, estoy libre de esa acusación. En la medida en que todavía no resuelvo algunos problemas que enfrenté a los diez años, tengo muy presentes las sensaciones y las frustraciones de la edad remota. A veces me sorprendo vociferando por cuestiones que sucedieron en 1972.

Está claro que uno no es algo homogéneo, cohesionado, sino que está conformado por varios individuos: todos los que ha sido y dejado de ser. Algunas veces estos traslapados fantasmas de la identidad adquieren protagonismo en nuestro presente. Me temo que cuando les hablo a mis alumnos en la universidad estoy pensando en satisfacer intelectualmente al joven estudiante que fui hace años. Por cierto, ellos pertenecen a una época muy distinta -son lo que los pelmazos llaman «nativos digitales»- y en los detalles sus vidas son muy distintas a lo que yo viví hace treinta años. Sin embargo, no me cabe duda de que no necesito estudiar «el impacto de los mass media en las audiencias jóvenes» para saber qué bulle en el mate de un estudiante de literatura. La fórmula de su postura en el mundo es la misma en todas las épocas: una mezcla de curiosidad, tedio y soberbia.

A los alumnos de vez en cuando les anoto títulos de ciertos libros en el pizarrón, los que podrían configurar con el tiempo una especie de canon denominado «libros para la vida». Se trata de una clase de obras que, al leerlas, le producen a uno la sensación de vértigo de ser el ejecutor de un descubrimiento. El último título que recuerdo haber incluido en la lista es Exégesis de lugares comunes , de León Bloy. Y, ya que hablamos de esto, consigno que el primer «libro para la vida» que recibí fue Papelucho , en una edición de tapa dura que todavía anda dando botes por ahí.

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