Dispareja función doble

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Debido a su cierre temporal posterremoto, el Teatro Municipal comenzó su Temporada Lírica 2010 en el flamante Teatro de la Escuela de Carabineros, hermosa y cómoda sala que pasó a demostrar que puede acoger muy satisfactoriamente el complejo espectáculo de la ópera.

Regresó la famosa dula verista de «Cavalleria Rusticana» e «I Pagliacci» con resultados muy desiguales, producto de un trabajo de escenografía y régie que se luce con extraordinarios puntos altos en la segunda, pero que claramente no acierta en la primera.

Por mutar la simple plaza siciliana por un enorme y agobiante muro, por disponer iniciales movimientos grupales confusos y dispersos, por dibujar un ambiente opresivamente oscuro (debiera ser la radiante mañana de un domingo de primavera), y por trastocar el final haciendo que Turiddu reciba un disparo por la espalda y no muera en el obligado duelo a cuchillos, sentimos que esta «Cavalleria» transita teatralmente por caminos que producen desconcierto. En un plano muy superior marcha el servicio musical, encabezado por Verónica Villarroel (Santuzza) con una actuación notable, plena de ribetes dramáticos, bien dotada en el canto de la zona media y baja, pero con carencias hacia lo alto, donde la fuerza decae y la voz tiende a entubarse. Alfred Kim (Turiddu) tiene volumen de sobra y tal virtud le juega en contra, pues canta con muy pocos matices. Magnífico está Roman Burdenko (Alfio) con un vigor y seguridad ejemplares. Nancy Gómez (Lola) luce más su espléndida figura que una actuación y un canto convincentes, mientras que Lina Escobedo (Mamma Lucia) está espléndida.

Llega «I Pagliacci» y todo anda mejor, muchísimo mejor. En lo visual Giorgio Ricchelli (escenógrafo) y Pietro Sparvoli (regisseur) aquí brillan en una propuesta de mínimos recursos, pero espaciosa, imaginativa, fresca y ágil, que debe aplaudirse y que los reivindica. En lo musical todos los solistas están excelentes, dominando, claro está, la soberbia actuación de Kelly Kaduce (Nedda), quien a todas luces se planta como lo mejor de las dos operas, al desplegar una inagotable batería de talentos físicos, actorales y musicales, de esos que pocas veces hemos disfrutado tanto. Con su voz de oscuros tintes, el tenor Badri Maisuradze (Canio) se impone como un gran valor, enriqueciendo con interesantes rasgos dramáticos el atribulado personaje. Se mantiene Roman Burdenko, pletórico, con enorme proyección y expresividad en el Prólogo y sirviendo luego en plenitud a Tonio. El barítono Leonardo Neiva (Silvio) delinea su rol con extrema calidez, a la vez que José Prieto hace un Arlequín de los mejores.

En ambas óperas, y vestido prácticamente igual con ropa cuarentera diseñada por Germán Droghetti, el Coro del Municipal cumple un sólido papel, que por cierto elogiamos más en «I Pagliacci», ópera que también luce más la dirección orquestal de Marco Guidarini.

¡Ríe Payaso, que aquí te ganas los mayores aplausos!

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