Recuerdo haber estado un atardecer, a los ocho años, en la trastienda de un negocio donde se vendían guitarras, lugar al que llegaba a veces porque era amigo de los niños del lugar. Y recuerdo a la señora Rebeco, su madre, muy preocupada mandando a cerrar la cortinas metálicas porque ya eran las siete y podían andar inspectores merodeando con el ansioso talonario de las multas palpitando en el bolsillo. En esa época, 1970, el horario del comercio lo fijaba la autoridad. Cuando recibió el Ministerio de Economía, tiempo después, Sergio Barahona se dio cuenta de que el Estado fijaba también el precio de los hot-dogs: a tanto el completo, a tanto el especial, a tanto la «vienesa sola».
Todo esto nos sonaría ridículo si hoy no prosperaran, en los pasillos, cafeterías y hemiciclos del Congreso mentes proclives a establecer normativas destinadas a restringir las actividades de los ciudadanos. Lo hemos visto recién con la siniestra iniciativa de instaurar, para las fiestas patrias, tres días de mortandad comercial. Ya lo han dicho los representantes del comercio: una medida como ésa perjudica no sólo a sus ganancias, sino también a los distribuidores, a la «cadena de frío», a los dependientes que podrían cobrar un estipendio adicional y también a nosotros, los que -aparte de estar hasta la tusa con la changanga del Bicentenario- deberemos pasear nuestra angustia de esos días horribles por unas calles desoladas, en las que el viento trae el olor de las primeras floraciones mezclado con el de los ingentes asados y fritangas. No nos quedaría, eventualmente, más remedio que ir a dar con nuestro aburrimiento a las fondas, instancias confusas y aglomeradas, de las que uno sale con los zapatos llenos de polvo o de barro y con dolor de cabeza por el exceso de comino que suelen traer las empanadas.
Ya es endémico del mundo político considerar que el resto de la gente equivale a un estamento infantil, al cual hay que ponerle límites. Un día no lejano nos mandarán un maletín con juguetes didácticos de madera, para que desarrollemos nuestras habilidades motrices, o manuales de estímulo de lo que con técnica fruición denominan «capacidades lectoescriturales».
La otra idea que se les ocurrió a los legisladores fue obligar a las radios a transmitir un mínimo de 20 ó 30 por ciento de música chilena. Qué espanto. Esto es como si uno sacara adelante una revista y de un día para otro lo obligaran a que un porcentaje de los entrevistados fueran chilenos. O como si los que escribimos libros debiéramos, por ley, dedicarle a «algo chileno» una porción de nuestras páginas. Si uno mira el asunto en la perspectiva del negocio, la medida es injusta. Si lo analiza en términos de la creación artística, resulta patética.
Una de las rémoras psicológicas adheridas al cerebro de políticos y de no pocos guitarreros consiste en suponer que la música chilena ostenta una especie de superioridad moral. Cada vez que surge este tema aparece la palabra «fomento». Ni Radiohead, ni Patty Smith, ni P. J. Harvey -por mencionar nombres al tuntún- necesitan fomentos de nadie: los músicos chilenos sí. Se han acostumbrado a ejercer ese alegato como el ternero que brama por su derecho a la teta materna.
Una de las rémoras psicológicas adheridas al cerebro de políticos y de no pocos guitarreros consiste en suponer que la música chilena ostenta una especie de superioridad moral. Cada vez que surge este tema aparece la palabra «fomento».


