El cabo Rodolfo Valdés se enfrentó a 200 reclusos en el techo de la cárcel
Junto a un comandante, negoció con los reos el fin del motín del martes. Me dijo que no sintió miedo, dijo un uniformado.
Martes 21 de diciembre, 13.45 horas, Centro Penitenciario de Antofagasta. Densa humareda, calor sofocante y gritos cargados de sangre y rabia.El comandante Tito Barriga se encuentra junto a un puñado de gendarmes en la escalera que da a la techumbre del penal de Antofagasta, tras haber controlado los motines y quemazones de colchones y frazadas en los patios 1 y 2.
Había sido una lucha medieval, cuerpo a cuerpo, entre 400 internos armados con estoques y lanzas con puntas de cuchillo y no más de 20 uniformados con un par de escopetas de perdigones, lumas y coraje eufórico. «Algunos ni siquiera tenían casco», cuenta Barriga.
Pese al esfuerzo, la revuelta está muy lejos de ser controlada. En el techo aún quedan 200 reos, nada menos que los más connotados y peligrosos, y que, precisamente, lideran la protesta. Piden lo de siempre: un trato más digno en el infierno en el que malviven 1.300 almas en un recinto hecho para 650.
Barriga les grita que quiere parlamentar con los líderes para acabar de una vez con el desorden. Quince minutos después, aparecen unos pocos que aceptan. «Está bien, suba, pero con ese de allá», responden. Barriga vuelve la mirada y reconoce al cabo Valdés.
Cabo primero Rodolfo Valdés Ruz, 32 años, casado, tres hijos y con 14 años en Gendarmería, todos ellos ejercidos en la cárcel de Antofagasta. Mario Alarcón, de la Asociación de Suboficiales de la institución, dice que, como jefe de la sección donde ocurrió el motín, «es uno de los más respetados y reconocibles dentro del penal».
De arriba se escuchan amenazas de muerte e injurias varias, disparos provenientes desde la calle y sujetos corriendo de un lugar a otro. Pero el cabo Valdés ni siquiera lo piensa.
Ya son pasadas las dos de la tarde cuando desde el techo emerge, trémulo e indefenso, y rodeado por un centenar de alterados reclusos, el cabo Valdés. Al otro lado de la techumbre, el comandante Barriga lidia con otros cien. «Fue un diálogo desordenado, sin líderes, con toda la gente vuelta loca», cuenta Barriga. «Querían que les garantizáramos que después de la revuelta no habría represalias ni traslados a otros recintos, y que no se dejaran de lado las peticiones sobre mejoras».
Pasa media hora que parece media vida. Pero al final todo vuelve a la normalidad, si cabe el término.
«El cabo Valdés me dijo que en ningún minuto sintió miedo. Estaba con mucha adrenalina y en este trabajo no conviene pensar mucho», recuerda Mario Alarcón. «Después, cuando vio las imágenes, se dio cuenta de lo que estaba en juego. De sus hijos, de su mujer».
Miércoles, 8 AM. Como si nada, el cabo Valdés vuelve a trabajar a pesar del esguince que luce desde el día anterior. No quiere narrar su versión de lo sucedido. Tiene mucho trabajo.
280 Mil Pesos comienza ganando un gendarme recién salido de la escuela de la institución.Director regional
«Esto fue para llamar la atención»
«Más que motín», aclara el director regional de Gendarmería, coronel René Salcedo, «aquí lo que hubo fue más bien una protesta para llamar la atención». Y agrega Mario Alarcón, de la Asociación de Suboficiales: «La semana pasada los internos hicieron una huelga de hambre que dicen que no quedó en nada. Esto fue para recordarle al gobierno estas promesas incumplidas. Si la protesta hubiese sido contra los gendarmes, los tiran del techo para abajo».


