Cuando me enteré de que se pitearon a Erik Manosalva (nombre artístico: «Lelo») de «Yingo» no lo creí. Me vino un bajón. Y no de hambre. Empecé a garabatear unas ideas en un papelillo que tenía a mano y le pedí a mi jefe escribir esta columna.
Partamos por decir que me han faltado palabras para respaldar a «Yingo» desde que salió al aire. El hecho de que tenga semejanzas con «Mekano» nunca ha constituido para mí un problema, máxime si el cerebro del programa que le dio al axé el carácter de baile nacional es el mismo cerebro de «Yingo», Álex Hernández. La liviandad de contenidos de la que se acusa al programa es hasta relativa, considerando por ejemplo, la sección ortográfica del profesor Campusano, aporte que no he visto en programas supuestamente más «serios».
Hechas esas salvedades, me parece inconcebible exonerar a este cabro en circunstancias de que «Rojo» no hizo lo mismo con Pablo Vargas en su momento ni «Calle 7» con Maite Orsini, siendo que ambos estuvieron metidos en problemas más graves que el que se le achaca al flamante y peliteñido cesante.
A lo más, al bueno de Lelín se lo puede criticar por pavo y quemado. Miren que desenfundar un porro en la calle y justo cuando pasaba la policía.
Lo que pido es que si durante un año y medio un tipo ha sido considerado públicamente como parte de una «gran familia» televisiva, se le trate como tal en lugar de lanzarlo a la calle tras pegarse unas piteadas.


