En esta temporada el estelar de CHV ha incurrido en farsas mal hechas.
Exceptuando la violenta caída de Edmundo Varas una de estas noches de «Fiebre de baile», los demás episodios polémicos de la tercera temporada del programa carecen del mínimo ensayo para hacerlos más creíbles. A ratos pareciera que los protagonistas de estas farsas fuesen los lectores de un radioteatro, pero que están muy lejos de dominar sus parlamentos.
Pasemos revista a los fallidos intentos de tongo del bailable de Chilevisión.
A la participante Kel Calderón el conductor Julián Elfenbein le formula por enésima vez una pregunta sobre si anda o no con Pablo Schilling y ella no encuentra nada mejor que vincularlo al aire con Gianella Marengo. Cuec. Las notas a la salida del programa muestran a Camilo Huerta, pololo de Gianella, molesto, diciendo que le pregunten a Julián y a su familia, porque es casado. El pero es que el animador es un pan de Dios y a nadie le calza su perfil con el de un patas negras, salvo al más chambón arquitecto de tongos televisivos. Es como echar a correr el rumor de que Benito Baranda se agarró a combos en el Liguria.
Otro: Kel acusa a Willy Geisse de haber recibido instrucciones (vía sonoprompter, ¡qué oído el de esta chica!) para eliminarla de la competencia. El aludido es íntimo amigo de su madre, tal como Ítalo Passalacqua (que está reemplazando como evaluador a Francisca García-Huidobro). Por tanto, para que la polémica tuviera un mínimo de lógica, debió habérselas emplumado, por descarte, contra la presidenta del jurado, Karen Conelly. Ahí les entraríamos a creer.
Lo peor es que cuando se dan todas las condiciones para hacer una simulación de conflicto bonita, andan paveando. Quenita Larraín sufre que se las pela intentando hacer bien el baile del caño. Aunque lo hace con el relajo de que se lo pidieron fuera de concurso y aunque le dieron una segunda oportunidad para intentarlo, la polola universal de los galanes de Latinoamérica igual da jugo. Estaba de cajón: la contrariada bailarina agarrando a portazos su camarín y exigiendo a los cerebros del programa que no la vuelvan a poner en ridículo. Pero no.
Aquí lo que falta es que el espacio contrate al hoy quitado de bulla Roberto Dueñas para que los asesore como corresponde en el arte de la dramatización farandulera estratégica, arenas en las cuales el ex de Marlen Olivari es un genio.


