¿Son los colegios espacios donde puede florecer adecuadamente lo mejor de cada uno? ¿O se trata más bien de soluciones carcelarias para sacarnos de encima la tarea de educar?
Es verdad: la educación consiste en ir entendiendo el entorno, en ir formando parte de él hasta encontrar nuestro horizonte personal, nuestro espacio. Todos estamos llamados a convivir y a sobrevivir. Pero algunos escolares deben hacerlo en inferioridad de condiciones, en una cancha que les juega en contra.
Quizá la torpeza es dar por sentado que todos los niños de siete años están igualmente preparados para luchar por la vida en un recreo o en una triste sala de clases. Hay niños deseosos de ver a otros de su edad. Otros añoran a su mamá, que nunca viene a casa porque es una profesional de éxito. Los hay con cuerpos más desarrollados o menos desarrollados, otros con traumas, o sin ellos. Cada persona es un mundo.
En el bullying tendemos a culpar a la pandilla juvenil. Pero la responsabilidad final es de los adultos. ¿Son los colegios espacios donde puede florecer adecuadamente lo mejor de cada uno? ¿O se trata más bien de soluciones carcelarias para sacarnos de encima la tarea de educar? Forzamos a los niños a agruparse atendiendo no a sus afinidades o necesidades, sino a criterios burocráticos. ¿Por qué no dejar alguna vez, por ejemplo, que se agrupen solos en lugar de asignarles obsesivamente una sala, un número, un profe, un horario y una materia? ¿Qué razón hay para confiar más en una planilla Excel que en la transpiración y respiración del gordito, del espinilludo, del matoncete o del melancólico?
Salas iguales, horarios monótonos, roles rígidos, uniformes escolares: todo ello lleva a lo mismo, a la negación de las diferencias, al desconocimiento de las historias personales. Si con todo eso hay alguno que no se ha sometido, ahí aparecen los matones. Los pequeños torturadores prosiguen limpiamente, a patadas y empujones, la labor homogeneizadora del sistema escolar.


