A los 15 años, Catherine Mazoyer congeló sus estudios para seguir los pasos de su madre, la actriz Sonia Mena, y se lanzó a actuar en la teleserie «Marrón glacé, el regreso». Si bien la actriz se consideraba «bien madura» para tomar una decisión de ese tipo, jamás se imaginó que iba a tener que aguantar los ataques de celos de sus amigas y de otras niñas en la calle por interpretar a una joven de 19 años que pololeaba con Cristián de la Fuente en el culebrón de principios de los noventa. «Con el tiempo me di cuenta que me costó mucho lidiar con ese proceso. Fue muy violento tener que enfrentarme a otra gente», recuerda Catherine, aún con cara de espanto.
A pesar de que le llovieron ofertas para seguir trabajando, la actriz no quiso confiarse de sus instintos y prefirió desaparecer de la escena televisiva para estudiar teatro en la Universidad de Chile porque «le tengo mucho respeto a esta profesión y no quería subirme a las tablas sin tener estudios».
Claro que de la época en que Catherine era una tímida estudiante que se vestía en Patronato y que ocupaba cremas baratas ya no queda mucho. «Ahora estoy en una cruzada por vestirme mejor y andar un poco más decente por la vida, porque si fuera por mí, andaría de jeans y zapatillas todos los días», explica la actriz de mirada felina que últimamente se ha dado el gusto de invertir en tiendas más exclusivas como Prune, se asesora con Carmen Gloria Rojas y prefiere los perfumes sólidos con feromonas que venden en la tienda Fresa. Y si bien recién cruzó la barrera de los 30, Catherine también buscó ayuda profesional para cuidar su piel «porque el paso de los años es inevitable y el botox me da susto», cuenta la actriz que ha trabajado en todos los canales y que recién está explorando el formato de las producciones nocturnas.
Pero hay costumbres que con el tiempo no cambian. Si hay algo que caracteriza a la actriz de «Cuarenta y tantos» es andar siempre de negro, elección que se la recomendó su madre para estilizar su figura y verse elegante. El pudor es otro de los temas que no ha podido superar, especialmente cuando se abre la temporada de playa. A menos de que esté en un balneario desierto o en el extranjero, la intérprete no es capaz de ocupar trajes de baño en Chile. «Soy muy vergonzosa, no me gusta exponerme», dice sonrojada la actriz que sólo guarda dos bikinis en su clóset: «Tengo uno negro hace mil años y otro blanco que me lo regalaron, ¿para qué más?».


