Las ardientes clases del Barros Borgoño

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Harto calor se sufre en las carpas provisorias

El director admite que deberán pasar un incómodo año escolar.

La profesora de física Judith Kutz escribe en la pizarra las letras d, t y v, al tiempo que explica que la d corresponde a distancia, la v a velocidad y la t a tiempo, y que si se tienen los valores de dos de ellos, se puede deducir el del tercero, a veces multiplicando, a veces dividiendo, porque la física es así, medio mágica, tan mágica que a veces doña Judith tiene la sensación de no estar haciendo clases, “sino descansando, aún en sus vacaciones de verano, en una carpa gigante y al lado del mar”.
Son pasadas las tres de la tarde y en el patio de un establecimiento de la comuna de Santiago, que antes del 27 de febrero era la sede de una consultora, hay dos carpas gigantes, como esas tiendas de campaña palaciegas de los generales que están a cargo de un gran ejército invasor. Nada de eso. Son salas de clases y, aquel recinto, un lugar que utiliza provisoriamente el Liceo Manuel Barros Borgoño, hoy inutilizable por el terremoto.
La gran carpa de clases cuenta con luz eléctrica, dos puertas, radier de cemento y un más que efectivo aislante térmico. Una carpa cinco estrellas si se quiere, “pero al que no le vendrían nada de mal unas ventanitas más que sea”, anota la profesora Judith, lo que provoca el notable efecto invernadero que se siente dentro. De ahí la sensación de verano.
“Aparte del calor, se escucha toda la bulla que hay afuera”, se queja Israel Pérez, un aventajado alumno del segundo medio G. “Yo echo de menos el colegio de siempre. Quizás hasta cuándo iremos estar en estas condiciones”, agrega un nostálgico compañerito.
El director Luis Valenzuela adelanta que no mucho tiempo más.
“El liceo sufrió daños que tardarán un año entero en ser reparados, así que durante todo ese tiempo permaneceremos aquí. Sin embargo”, advierte, “de los 22 cursos que tenemos, y que corresponden a unos 1.700 alumnos, solo dos están en carpas, y lo estarán solamente por unos 45 a 60 días, mientras se terminan de construir otras salas provisorias, pero de material sólido”.
Como son las cosas, para el terremoto de 1985 ocurrió exactamente lo mismo. El Barros Borgoño casi se vino abajo y debieron pasar el año escolar en el mismo establecimiento de emergencia en el que están ahora, que por aquel entonces funcionaba como la Escuela de la República de Bolivia.
Todo indica que no aprendieron la lección.
“Antes no teníamos conciencia de la importancia de una construcción antisísmica, pero ahora sí”, admite Valenzuela. “La idea es que no ocurra esto de nuevo”.

 

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