La soprano María Callas es la figura más importante y famosa de la ópera en el último siglo.
Sus éxitos artísticos, sus amores, su personalidad, el retiro solitario de su tiempo final y su misteriosa muerte han alimentado las páginas de una gran leyenda. Y seguirán escribiéndose por siempre, como ahora lo está haciendo la reciente película de Pablo Larraín.
No está claro si definitivamente se llama «María» o «Maria Callas», pero lo cierto es que no se trata de un abordaje integral de la vida de la célebre cantante sino una mirada a su última semana de vida, a su ocaso.
En muchos aspectos el contenido de la cinta se asemeja demasiado al destacado monólogo teatral «La última noche de María Callas», del chileno Juan Antonio Muñoz, presentado exitosamente en 2023.
Vista la película (ya dos veces), permítanse a este columnista sobre temas de ópera algunos comentarios. El primero apunta a que la suma presencial tan seguida de estas obras en nuestro medio, ambas con epicentro en la Callas crepuscular, aumenta la carencia informativa para las nuevas generaciones acerca de la verdadera diva (fallecida hace casi medio siglo) en sus momentos de triunfos gloriosos.
El segundo está dirigido a quienes se consideren devotos, «viudos» o fanáticos extremos de esta cantante. Tal vez ellos no sean el mayor ni mejor público objetivo de la película, ya que el conocimiento milimétrico que suelen dominar de la vida de la artista los llevará obligadamente, con algo de mala cara de insatisfacción, a hacer un catastro de las omisiones e invenciones de una pieza cinematográfica.
La película debe percibirse como una fantasía biográfica que brinda emotivos pasajes de creatividad, no como un documental histórico de precisiones. Angelina Jolie no tiene por qué ser idéntica a Maria Callas.
Una última reflexión, sobre un fenómeno presente en estos días en la comunidad operática, tiene que ver justamente con el tema de esta película: el ocaso de una aclamada figura mundial del canto lírico. Ello porque estamos siendo testigos de cómo un gran tenor del siglo XX, de cuyo nombre no quiero acordarme, hace ya un buen tiempo ha decidido seguir activo como barítono, no siéndolo.
Sobre su pertinaz permanencia le han llovido copiosas críticas, cobrando gran vigencia el sabio refrán que dice que para un artista es mejor retirarse con los últimos aplausos que con los primeros abucheos.


