Prohibido el sexo

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Los adolescentes tienen varios cientos de problemas harto más graves que el fin de su castidad, entre ellos su ignorancia y sus prejuicios, que son culpables de casi todo aquello que la autoridad está endosándole ahora a la vida sexual regular de los jóvenes.

No está claro cuál es el destino de las recomendaciones de los adultos a los adolescentes. Los mensajes, además, suelen ser confusos y equívocos, así que el joven receptor reacciona ante ellos de manera imprevisible, sobre todo cuando tales mensajes son consejos que interfieren en su voluntad. Algunos se rebelan dramáticamente contra la autoridad adulta, exagerando su oposición con soberbia hueca; otros se someten hasta el exceso, dejándose moldear una triste personalidad pusilánime. Si ya son raros los casos en que se produce efectivamente un diálogo, son realmente rarísimos los diálogos que desembocan en una solución justa, que combine las buenas intenciones didácticas con el respeto por la individualidad adolescente. Lo normal es que las recetas adultas lleguen a las orejas adolescentes como un zumbido inocuo e incomprensible o bien como una orden que sólo se puede acatar.

No hace falta preguntar, por ejemplo, qué les parece a los adolescentes chilenos el «Boletín de minutas» que ha distribuido el Sernam entre sus funcionarios para delinear la nueva forma de tratar diversos temas, entre ellos el de la sexualidad juvenil. Según el texto, es de suma importancia que los muchachines «comprendan que su vida sexual debe postergarse hasta el matrimonio».

Dejando a un lado el hecho de que la vida privada de las personas es una de las pocas cosas que no puede ser controlada ni manipulada por el Estado (a menos, claro, que estuviéramos en un régimen comunista), es muy iluso pretender que los adolescentes vayan a prestar atención a un recado como ése. Me parece ver sus caras de incredulidad y enseguida oír el estallido de risas, las mismas risas, por lo demás, que surgen entre los adultos cuando repiten como loros sus archiconocidos chistes sobre virginidad, castidad y sexo prematrimonial. Por otra parte, los adolescentes tienen varios cientos de problemas harto más graves que el fin de su castidad, entre ellos su ignorancia y sus prejuicios, que son culpables de casi todo aquello que la autoridad está endosándole ahora a la vida sexual regular de los jóvenes.

No sé cuál es la ganancia de hacer oídos sordos a la realidad. Si la autoridad no quiere que los adolescentes se amen y se toqueteen y estornuden con el polen cuando se revuelquen entre las flores incipientes de agosto, si abomina de la sensualidad y de la belleza y de la última edad en que el cuerpo está alegre de sí mismo, descontando el cinturón de castidad tiene sólo tres opciones: 1) educar sin mañas religiosas o morales; 2) morderse la lengua; o 3) aplicar de plano la única solución conocida en el mundo al imparable torrente de la libido juvenil: la castración masculina y también la femenina. Apenas entrada la adolescencia, se lleva a los niñitos al doctor y, ¡zas!, se corta por lo sano. Ahí tendremos lo que quieren: adolescentes castos, aunque no tan puros, que no sólo llegarán vírgenes al matrimonio, sino también a su propio funeral y al de todo el país.

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