Es patetico que deba venir un particular abusado a desemascarar la red de producción que ocultó la porquería del cura Karadima.
Rodeado de los rubiecitos angelicales de su colegio, un cura pontifica en la tele sobre castidad e inocencia; en paralelo, defiende a brazo partido a su líder espiritual acusado de pedofilia. Esa postal es quizás la imagen más chocante que nos ha transmitido nuestra iglesia en la última década. Y no es casual.
Desde sus orígenes la burocracia cristiana les ha abierto las puertas a grupitos iluminados y herméticos, a los que mima y consiente por necesidades administrativas, misioneras o vocacionales. Plenos de entusiasmo, al principio sus selectos miembros se desviven por ser ejecutivos y útiles para la misión apostólica; con el tiempo, la soberbia, el oro y el poder los descontrola hasta convertirlos en quistes que es necesario extirpar.
Pasaba mil años atrás y sigue sucediendo. Basta recordar las clases de historia del colegio: el descabezamiento de los templarios o la expulsión de los jesuitas de América son sólo un par de ejemplos. Nunca el ejercicio de fomentar grupúsculos secretistas ha resultado sano para la iglesia. ¿Cómo justificar entonces que se los siga alentando? ¿Por qué, de paso, se desdeña a esa inmensa masa de fieles que no necesitan de mesianismos para vivir su fe en familia y en la rutina diaria?
La jerarquía católica suele despreciar el personalismo de los cultos evangélicos, sin asumir su propia y triste dispersión. En el último medio siglo -y con la complacencia vaticana- sectas elitistas y preconciliares se han erigido como «bastión moral de la fe»; mientras arrean al rebaño más pudiente, reciben a cambio la venia papal para hacer y deshacer dentro de sus impenetrables dominios. Ni siquiera basta con el auge de estas transnacionales de la pechoñería disfrazada de catequesis: para gozar de carta blanca hoy basta una parroquia bien ubicada y un «padrecito» carismático que genera vocaciones sacerdotales en su dormitorio.
Así nuestros pastores no sólo dejan que el lobo cene cada noche a las ovejas más sabrosas: también lo defienden, lo cuidan y le hacen cariño.
Es patético que deba venir un particular abusado a desenmascarar la red de protección que ocultó la porquería del cura Karadima. Si denuncias de tal gravedad llegan al despacho de un obispo, su deber es sacarse la sotana y ponerse los pantalones para llegar rápidamente a la verdad. Empeñarse en echarle tierra al escándalo es inmoral y roza el delito: eso cualquier cristiano lo sabe.
Le pregunto a mi hermano Ignacio, católico y bueno de adentro, qué opina del asunto. Él cree y vive en una iglesia cercana a la gente, en particular a los que menos tienen. Aunque no va a perder la fe por todo lo que ha pasado, dice que está harto de llamar «padres» a tipos iguales a nosotros. «Desde el concilio Vaticano II la iglesia debió transformarse en algo más parecido a su origen, a una asamblea de creyentes, pero muchos católicos siguen viendo que las organizaciones diocesanas mandan, cuando no son más que agrupaciones de curas», resume.
Y así no más es.


