No tengo a la mano el magnífico Bestiario del Reyno de Chile , de Lukas, de modo que no puedo corroborar si el ingenioso dibujante incluyó entre las especies endémicas al achunchado. Tendría que ir a mi casa a buscar el libro, pero estoy lejos y ya me he desplazado bastante de un lado a otro de la ciudad.
Antes era muy común escuchar la palabra achunchado: se refería al individuo «corto de genio» que ante cualquier instancia gregaria se sumía en la vergüenza y se le entraba el habla, permaneciendo por lo general en un rincón con los labios fijos en una sonrisa tiesa. El achunchado era un prototipo social de fácil acholamiento, es decir, se «colocaba colorado» ante una mínima confluencia de miradas sobre su persona. El achunchamiento era muy común entre los huasamacos o huastecas. No se hablaba en esos días de «pánico escénico», pero está claro que ése era el mal que aquejaba al achunchado.
Se le podría representar gráficamente como una mezcla de homínido y de ave rapaz, más que por la ferocidad por la manera de quedarse inmóvil con la cara hundida en el cuello. No era necesariamente lo mismo el achunchado que el chuncho, que era el portador de malas noticias o propiciador de sucesos desgraciados.
Los que éramos niños teníamos innumerables ocasiones para achuncharnos: cuando nos obligaban a recitar en público, cuando los mayores trataban de que confesáramos qué niñita nos gustaba. Vergüenza total y desconcierto, como si nos hubieran dado un campanazo en el oído. Quedábamos fulminados y lentamente la ridícula sonrisa comenzaba a aparecer como si tuviera voluntad propia.
Escribo todo esto en pasado porque me da la impresión de que estas palabras no se usan. Es impresionante, cuando se habla con los jóvenes, hasta qué punto uno queda marcado generacionalmente por las palabras. Lo curioso es que son ellos los que no entienden, pero es uno el que queda con la sensación de estar out. Debería ser al revés, pero en fin. Con los niños chicos es peor. Han tomado por costumbre burlarse del repertorio verbal de los adultos. Se ríen si uno dice «anda a buscar el alusa foil» o «el suelo quedó lleno de challas». ¿Y cómo se dice, entonces?: papel aluminio, confeti, lo que indica que la siutiquería se filtra por donde puede, particularmente a través de los doblajes televisivos.
Con la desaparición de ciertas palabras pareciera que desaparecen también los tipos humanos que designan. Hoy todo el mundo tiene personalidad y opinión, aunque ésta no sea más que una retahíla de interjecciones. Nadie se achuncha en los tiempos actuales y los futbolistas menos que nadie. En los años sesenta se criticaba mucho a los futbolistas chilenos por «chuparse» ante sus equivalentes del Río de la Plata, uruguayos y argentinos. Venía Peñarol con su «pachorra charrúa» o Estudiantes con sus macuquerías y los chilenos terminaban enredándose en su propia caballerosidad mientras los otros fabricaban penales, adelantaban la barrera, corrían la línea del offside y terminaban haciendo esos goles de último minuto que Julio Martínez invariablemente definía como «un balde agua fría».
Los niños chicos han tomado por costumbre burlarse del repertorio verbal de los adultos. Se ríen si uno dice «anda a buscar el alusa foil» o «el suelo quedó lleno de challas». ¿Y cómo se dice, entonces?


