Los peores destinos turísticos del mundo

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Recuento de sitios feos y otros que funcionan como cazaincautos

Servicio de Utilidad Publica con los lugares que nadie, con dos dedos de frente, tendria que visitar.

¿Planifica unas vacaciones inolvidables?

En miles de revistas, libros de viaje y sitios web encontrará profusas recomendaciones acerca de los destinos más hermosos del planeta. Pocos, sin embargo, querrán informarle sobre aquellas metrópolis asfixiantes y monumentos intrascendentes que debiese evitar a toda costa.

Este recuento -incompleto, subjetivo y debatible- reúne no sólo aquellos lugares horrorosos que nadie con dos dedos de frente quisiera visitar. También dicen presente esos clichés turísticos tan terriblemente populares que son hogar de verdaderas multitudes: sacarse la típica foto del «yo estuve ahí» significa muchas veces perder una tarde en medio de una marea humana y poco más.

Las asfixiantes trampas para turistas

Quien visita Pisa, en general lo hace por un solo motivo: fotografiarse con la famosa torre inclinada de fondo, ojalá simulando que la sostiene con su mano. Lo que la mayoría desconoce es que para llegar a retratarse deberá eludir a miles y miles de pajarones que repiten esa pose hasta el infinito. Ingresar a cada uno de los edificios -incluida la iglesia- conlleva generosos desembolsos; todo el recinto está cercado por vendedores de chucherías y ejércitos de carteristas.

La Torre de Pisa es uno de los tantos clichés globales que atraen a diario a verdaderas hordas y donde al visitante le cobran hasta por respirar. El sitio «Matador Trips» los califica como «trampas para turistas» y ha elaborado una lista de famosísimos sitios de peregrinaje donde la gente termina sintiéndose asfixiada.

Número uno en la clasificación es Praga. Su intacta arquitectura medieval era hasta hace una década el paraíso del mochilero: hermosa, barata, acogedora y despejada. Hoy la capital checa recibe sin respiro a mareas humanas que se agolpan frente a cada estatua, iglesia, museo o palacete. Los rebaños forman colas eternas para cruzar el Puente de Carlos y el desfile no se detiene siquiera de madrugada; caminar por el centro implica someterse a un insufrible carnaval de codazos y empujones. ¿Encontrar un restorán con precios abordables? Misión imposible: el estándar es el platudo turista japonés.

Expertos de «Matador Trips» y de su sitio hermano «4 Suitcases» aconsejan huir de lugares donde reina el estrés y nadie parece pasarlo realmente bien. Otros sitios donde siempre estará rodeado de miles de personas -y camaritas- son las Pirámides de Giza, la Torre de Londres, Machu Picchu, el mercado bonaerense de San Telmo, Las Ramblas de Barcelona, la Plaza de España y la Fontana di Trevi en Roma, los canales de Venecia, la catedral parisina de Notre Dame y Times Square, en Nueva York.

En las «trampas para turistas» existe otra categoría: metrópolis que muchos visitan obligados por estudio o trabajo, pero que no ofrecen mayor gracia al extranjero. En el blog «Road Junky» mencionan como ejemplos a Liverpool, Manchester, Milán, Singapur, Sao Paulo y Beijing. Con esta última no tienen piedad. «El tráfico es caótico, no hay indicios de vida animal o vegetal, la gente vive en permanente paranoia por la opresión estatal y la burocracia comunista convierte en un infierno hasta el trámite más sencillo. Lo peor de todo es que el pekinés parece sufrir de un terrible complejo de superioridad que lo lleva a despreciar al resto del planeta; el occidental suele ser desdeñado casi con asco», acusan.

Lugares tan feos que nadie quiere visitar

El popular sitio «Top Tenz» publicó en junio el listado con los diez lugares más espantosos del orbe. Se trata de sitios tan contaminados o violentos que el viajero incauto, si no acaba enfermo, sale dentro de un cajón.

El ranking es encabezado por Cité Soleil, el suburbio más miserable de la pobrísima capital haitiana, Puerto Príncipe. Definido por la ONU como «la barriada más grande del hemisferio norte» y un lugar donde «no existen los derechos humanos», en su impenetrable maraña de chozas de lata, plástico y cartón viven más de 400 mil personas. Hacinados en condiciones miserables, sus jóvenes sólo logran sobrevivir integrándose como peones de sanguinarias pandillas armadas. En la «Ciudad Sol» no hay electricidad, teléfono, agua potable, alcantarillado, calles, tiendas, hospitales, escuelas ni policía; dentro de sus confines la esperanza de vida no supera los 45 años y el sida afecta a al menos un tercio de los pobladores.

Segunda en esta terrible lista es Mogadiscio, capital somalí, descampado regido por piratas, guerrilleros y traficantes de armas. En apenas una década su población se ha reducido a la mitad: quienes no han muerto de hambre o en tiroteos han optado por emigrar lo más lejos posible.

Otra integrante de este terrible «top ten» es Linfen (China), ciudad tan contaminada que el smog no cede jamás y sus cuatro millones de residentes están obligados a usar mascarillas a diario. Más atrás viene Dharavi (India), pringoso suburbio de Bombay poblado por un millón de almas que viven un infierno sanitario: las heces y la orina corren por calles y ríos; se calcula que apenas hay un baño por cada 1.500 personas.

El ranking no omite sitios horribles de EE.UU. El peor es Bubbly Creek, en Illinois, hediondo pueblo fantasma habitado hoy sólo por gusanos que se alimentan de la sangre que durante un siglo arrojaron mataderos locales al río Chicago.

Las «atracciones» más fomes del planeta

¿Pagaría usted por asomarse boca arriba por un helado agujero para besar una roca impregnada con el sedimento de miles de babas ajenas? Pues bien, medio millón de turistas cumplen cada año este ritual en la afamada «Piedra de Blarney», bloque de granito que según la leyenda formó parte de un altar usado en la coronación de reyes medievales. Instalada en la cornisa de un castillo irlandés, hoy se supone que la dichosa piedra brinda el don de la elocuencia a quien la besuquea.

Cada día, cientos de optimistas desafían el frío, la lluvia y el tedio para cumplir la absurda ceremonia, que por cierto obliga a acurrucarse en brazos de un viejecillo que previene que el visitante caiga al vacío. La gracia cuesta el equivalente a 11 mil pesos chilenos; en docenas de foros de internet, elocuentes viajeros reclaman haberse sentido estafados por el pedrusco.

Atracciones de este estilo -ridículas, aburridas y caras- hacen perder tiempo y dinero a turistas alrededor del globo. ¿Qué decir, por ejemplo, del Museo de Cera de Blackpool (Inglaterra), donde los modelos no guardan el más mínimo parecido con los originales? Y hay más: en Nueva Delhi existe el innecesario «Museo Internacional del Inodoro»; en Robertson, Australia, miles de ingenuos pagan por recorrer un precario «Museo de la Papa» inserto dentro de una estructura café que pretende imitar -obvio- la forma de un tubérculo.

En EE.UU. -donde no hay castillos ni basílicas añosas- proliferan monumentos de dudoso gusto erigidos por espontáneos a la vera del camino: los administradores de estos disparates tienen al menos la cortesía de no cobrar entrada. Tal es el caso de la «Muralla de la Goma de Mascar» de Seattle, teatro cubierto por más de cien mil chicles duros y pegoteados de todos los colores y sabores. También es gratuita la contemplación de «La Cómoda más Grande del Mundo» (Carolina del Norte) y de «Carhenge» (Nebraska), monolito igualito a Stonehenge donde la piedra ha sido reemplazada por autos chocados.

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