Chiqui Aguayo sazonó su sólida faena con numerosos chilenismos.
A Daniel Vilches, Paty Cofré y Gabrielle Benni los hermana el cultivo generoso de la palabrota local, lejos la más graciosa del planeta (no me imagino un garabato sueco o filipino que supere a cualquier munición de nuestro arsenal de chilenismos). Anoche se terminó de unir a esta selecta galería de deslenguados célebres Daniela «Chiqui» Aguayo.
Su performance no estuvo exenta de nerviosismo de parte del público de la Quinta Vergara y del que seguía la transmisión desde las casas. Al recordar lo que pasó este domingo con el termocéfalo de George Harris, era como pasar por un paradero donde hace 24 horas presenciamos una riña callejera y constatar que hoy el lugar era una apacible taza de leche. Un alivio.
Inclusive los silencios que acompañaron al inicio de la rutina de Chiqui denotaban más respeto que aburrimiento, lo que quedaba meridianamente claro cuando eran interrumpidos por carcajadas.
Además de presentar un libreto virtuosamente ensamblado, la comediante confirmó que es dueña de una pericia superior al promedio en el manejo del arte de la coprolalia como aderezo y parte sustancial del remate de sus narraciones humorísticas.
Al momento de escribir esta columna Alberto Plaza, estandarte festivalero de los guardianes del lenguaje castizo, aún no se había pronunciado. Chiqui sólo lo aludió un par de veces como que no quiere la cosa: por ejemplo y a diferencia de su anterior paso por la Quinta, se abstuvo de describir pormenorizadamente sus partes pudendas. ¿Vieron que pueden convivir en perfecta armonía chuchetas y puritanos?


