La película El inquisidor vuelve a poner en el candelero a la Santa Inquisición en Chile, ese espeso episodio lleno de azotes, cruces, llamas y felaciones.
La historia se desarrolla durante mediados del siglo XVII, cuando desde el Virreinato del Perú se considera que campea en Chile la herejía, la lujuria, la brujería y un «pecaminoso alejamiento de las costumbres», por lo que se resuelve enviar a un inquisidor, el dominico Alcázar de Romo, a poner a los chilenitos en vereda. Tras una ojeada a vuelo de pájaro, el emisario condena a toda la alta sociedad de nuestro país por el pecado de fornicación y, muy en particular, el horrendo pecado de sexo oral o «succiones nefandas».
Tuvimos la oportunidad de asistir a una exhibición privada de la película, protagonizada por un bien seleccionado elenco de actores chilenos. No somos expertos en cine, pero comprendemos a cabalidad el valor de esta película, fuerte y bien manufacturada, en su afán de indagación y develación de nuestro pasado, amén de valorar las hechuras de un hembraje bien muslado, de grato diseño y pocos trapos innecesarios, el que alimentó con sus corporalidades atormentadas nuestro algo sádico ojo inquisidor.
Es ésta una película importante como documento y un ejercicio audaz de recreación histórica y de lenguaje. Dejamos aquí constancia de que, después de Vicuña Mackenna y del bobalicón panegirista Saavedra, sólo Eyzaguirre, el cineasta, basado en el libro de una señora cuyo nombre hemos olvidado, vuelve a poner en el candelero este espeso episodio lleno de azotes, cruces, llamas y felaciones. Un tiempo que intuimos, de una u otra forma, traumatizó nuestra alma colectiva, llenándonos de un cerval pavor a la liberalidad sexual, del que recién y de un modo medio espinilludo y adolescente nos estamos sacudiendo el yugo. Celebramos este «ni perdón ni olvido» a uno de los instantes más negros contra nuestras libertades.


