Qué pedazo de nombre

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Sin ánimo de ofender: ¿puede un país salir adelante con un nombre tan absurdo como «Chile»? Ajá, no lo habían pensado. La palabra en sí, más allá de su largo, derrotado y estrecho significado, no es fonéticamente hermosa. No suena excitante o soberana. Nos guste o no, nuestro nombre nacional es bastante discreto, con algo de interjección sorpresiva y desconfiada.

Tranquilos. Adivino que el noventa por ciento de los lectores (subjetivos incondicionales de la Roja) se levanta como un solo hombre, incluyendo a damas y mandos medios, para agitar ante quien esto escribe el indignado puño, haciendo molinetes prematuramente dieciocheros y entonando eso de «Chile, Chile lindooo…». Ok, también yo, en un primer momento, me anduve enojando con mi persona: qué te pasa con la patria, me dije, y a punto estuve de aforrarme en la pera un puñetazo correctivo. Pero recapacité: no era ése el punto.

No se trata aquí de denigrar ningún paisaje de la Región de los Lagos o del desierto polícromo, ni tampoco de cuestionar las sabrosidades del pastel de choclo. Se trata simplemente de enfocar la atención, con ánimo científico, en el simple sonido del nombre de nuestro país: Chile, Chi-le, Chiii-leee. No hay caso. Fome como él solo. Poco ayuda entonar la boba arenga del «Chichichí-lelelé», tan frecuente cuando nuestros deportistas salen a la cancha en el concierto internacional. Tenemos ante nosotros la palabra desnuda y precaria: Chile. Tan sólo cabe indagar, entonces, en los inconscientes y tal vez perniciosos efectos psicosociales que ha tenido en ustedes y en mí el triste vocablo que nos define.

Triste, sí. Otros países de la región han sido más afortunados: Argentina refiere su nombre al metálico relumbre de la plata; Perú…: ahí está la valiosa expresión colonial «eso vale un Perú», aunque ya en desuso; Bolivia deriva de Bolívar, Venezuela de Venecia, Colombia de Colón, Ecuador de la ecuanimidad del paralelo cero. El nombre de Paraguay impone su exotismo de un paraguazo. Uruguay suena a civilizado misterio. ¡Pero «Chile», caramba! ¡Y tan a menudo reducido a «Chilito»! Por qué ese diminutivo apocante, por las recachas. Jamás he oído a otro latinoamericano, ni a ciudadano alguno de otros continentes, castigar a su país con un diminutivo.

No tiene nuestro nombre la sonoridad porotera de Guatemala, ni la profundidad semántica de Honduras, ni la elevada autoestima de Costa Rica. En México nuestro vocablo nacional alude al ají: picante, con todo lo que ello implica. Pura mala suerte. ¿Quién fue el atarantado que nos bautizó?

«Chile, Chile, Chile», me repetía la otra noche con la cabeza a dos manos, intentando encontrarle un sentido a esta desgracia fonética. Con razón, meditaba, estamos como estamos. Mencioné la necesidad de estudios que relacionen nuestro carácter nacional, nuestro irrisorio destino colectivo, con la palabra «Chile». Es tarea larga: encuestas, laboratorios de dicción, sesiones de psicoanálisis multitudinario, talleres de autoconciencia, muestras de ADN. ¿Tomarán los políticos cartas en el asunto? Yo me revuelvo buscando alternativas más sonoras: Chilelandia, Terremotonia, Lindochilia, Empanadocia, Fracasonia… Igual que a ustedes, todo esto me duele en el alma.

Hay que enfocar la atención, con ánimo científico, en el simple sonido del nombre de nuestro país: Chile, Chi-le, Chiii-leee. No hay caso. Fome como él solo.

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