Peloteros con pedigrí prefieren esconder sus preferencias para evitarse problemas
«Manuel Neuer confesó que es gay y se siente aliviado». Con ese título -copiado y pegado desde un sitio argentino- la noticia fue reproducida por un centenar de medios latinoamericanos (incluidos canales de TV chilenos). Otros fueron menos delicados: «El portero maricón», publicó un portal mexicano; en Twitter se armó un carnaval para ridiculizarlo.
Neuer no es un Don Nadie. Titular en la selección alemana -tercera del mundo en Sudáfrica 2010- el arquero del Schalke 04 hoy es «vedette» del mercado europeo de pases. «El Bayern Munich estudia fichaje de polémico portero gay», tituló esta semana el diario paraguayo ABC Color.
Nunca antes un futbolista de pedigrí y en la cima de su carrera había salido del clóset: la noticia era una bomba.
El problema es que el bueno de Neuer jamás dijo lo que dicen que dijo. Quizás por un error de traducción -o por simple mala fe- sus palabras fueron totalmente tergiversadas. El diario peruano «Ojo», por ejemplo, decidió inventarle un bonito remate a su imaginaria confesión: «Hay muchos otros futbolistas homosexuales como yo. ahora que todos lo saben me siento tranquilo».
La verdad
¿Qué había dicho realmente Manuel? Entrevistado en febrero por la revista farandulera «Bunte», el espigado guardavallas tocó un tema que hace tiempo inquieta al fútbol de su país: los supuestos cariñitos en los camarines. Durante el Mundial, el representante del lesionado mediocampista Michael Ballack había acusado que la selección germana era «una pandilla gay» (aunque no fue tan machito como para dar nombres). Desde entonces la duda quedó flotando.
«Quien sea gay debiese decirlo, eso los puede aliviar. Los hinchas se acostumbrarán rápido; a ellos les importa el rendimiento del jugador, no sus preferencias sexuales», declaró el sensato Neuer. Y nada más.
Meses antes, el delantero Mario Gómez -con quien comparte camarín en la selección- había emitido juicios similares. «Ojalá los jugadores gays puedan asumir su condición y liberarse de esa carga», opinó. «Es triste que algunos jóvenes pierdan energía esforzándose en mantener oculta su verdadera personalidad», añadía Theo Zwanziger, presidente de la Federación Alemana de Fútbol.
«Neuer y Gómez no son gays; sólo denuncian la discriminación sexual que rodea a este deporte. Algo así sería imposible en Inglaterra, donde los futbolistas tienen terror de ser catalogados como desviados. Muchos han demandado a periódicos que han hecho insinuaciones sobre su intimidad; durante el año pasado la Federación buscó en vano a un jugador que se atreviera a encabezar una campaña contra la homofobia en los estadios», resumió el semanario británico «The First Post».
Incluso países que presumen de su tolerancia siguen destilando odio en las canchas. «Un gay en la selección crearía conflictos», manifestaba antes del Mundial el italiano Marcello Lippi, entonces DT del combinado «azzurro». Vlatko Markovic, presidente de la federación croata, se fue al chancho. «Por fortuna este deporte lo practican personas sanas. La homosexualidad es un hándicap, una enfermedad, una perversión. un gay está bien para el ballet, para escribir libros, no para una cancha. Mientras ocupe mi cargo, ningún maricón jugará en la selección», disparó en noviembre. Ante la ola de protestas, el vetusto dirigente se retractó.
El clóset lleno
El deslenguado Markovic sólo dijo en voz alta lo que muchos callan. El mundo del balompié cree tener vetada a la homosexualidad: pese a que la lógica estadística indica que existen miles de pataduras gays, se cuentan con los dedos de una mano quienes lo han publicitado (y les ha ido pésimo).
El de mayor renombre es el delantero inglés Justin Fashanu, quien durante la década de los 80 vivió una doble vida: aunque convivía con su novia actriz, de noche frecuentaba bares gays. Las hinchadas rivales, al tanto del rumor, lo hostigaban desde las gradas con el cantito «¡Fashanu maricón!». En 1990 el goleador reveló su orientación sexual; sus colegas se lo tomaron pésimo e incluso su hermano John -también futbolista- declaró que no quería tener nada que ver con él. Ya retirado del profesionalismo, Justin se suicidó en 1998 tras ser acusado de violación por un menor de edad.
El currículum de los restantes peloteros que han salido del clóset es escuálido. El mediocampista alemán Marcus Urban, por ejemplo, sólo llegó a jugar en equipos menores de la RDA antes de retirarse y escribir un libro donde contaba sus cuitas. El defensa francés Yoann Lemaire -actual estandarte contra la homofobia en el balompié europeo- fue despedido el año pasado del amateur FC Chooz, pues algunos compañeros se sentían incómodos con su presencia en el vestuario.
«Decían que no era una buena idea que yo jugara porque hay futbolistas homofóbicos y violentos. En Francia no se conoce a ningún otro deportista gay, pero eso no quiere decir que no los haya. El problema de fondo es que parece que el deporte y la homosexualidad no pueden ir de la mano», denunció el afectado. El club fue multado por discriminación laboral, Yoann encontró un nuevo equipo y hasta ahí llegó el tema.
Tabú
A propósito de este último caso, el diario colombiano El Tiempo entrevistó al periodista deportivo Mauricio Silva. «En el fútbol hay homosexuales como en cualquier otro oficio; lo que pasa es que todo el cuento en torno de la pelota ha sido ligado a un machismo exacerbado. Igual que en el entorno militar, una salida del clóset debe costar el triple», opinó.
Un reciente estudio realizado en la universidad inglesa de Staffordshire confirma este juicio. Los sociólogos Ellis Cashmore y Jamie Clelland sondearon a más de tres mil futbolistas, entrenadores, árbitros y aficionados respecto a su actitud frente a la diversidad sexual. Si bien un 93% rechazaba la homofobia, la mayoría admitió que prefería no tener un gay en su equipo para evitar la burla de las hinchadas rivales.
Clelland -ex arquero profesional- añade que muchos callan por la presión de representantes, clubes y auspiciadores. «Hay intereses comerciales detrás de ese silencio», denuncia. Uno de cada cuatro futbolistas encuestados dijo conocer al menos a un colega homosexual en actividad. «Hoy existen alrededor de medio millón de jugadores asalariados en el mundo y ninguno se declara abiertamente gay. Los hinchas debiesen desafiar a las organizaciones que rigen el deporte para que se opongan a esta cultura del secretismo», sugiere Cashmore.
«En casi todas las actividades humanas la homosexualidad es tolerada. Los gays trabajan sin ser molestados en el espectáculo, en la política e incluso en deportes violentos como el rugby. El fútbol, sin embargo, es uno de los últimos reductos sociales donde este tema es tabú y la homofobia parece aceptable», confirman.
Humillados por ser gaysS i en Europa la vida del futbolista gay es ruda, en el resto del mundo puede ser el infierno. Bien lo sabe Cletus U., jugador homosexual nigeriano que alcanzó a vivir durante seis años sin papeles en Austria. En mayo del 2010, tras ser detenido, pidió asilo político alegando que en su país corría peligro. «La policía podría llegar en cualquier momento, golpearme, encerrarme o matarme sólo por ser como soy», explicó.
Pese a las generalizadas protestas, las autoridades austríacas ordenaron su deportación. Hoy Cletus vive oculto en algún suburbio de Lagos, capital nigeriana, a la espera de entrar nuevamente como ilegal al Viejo Continente.
Aunque en Latinoamérica ningún jugador correría riesgo vital por ser gay, de seguro no sería muy popular entre sus pares: en más de un siglo de historia futbolística ningún profesional de esta parte del planeta ha salido del clóset.
El DT uruguayo Jorge Fossati resumió el 2004 la opinión de los peloteros más recalcitrantes. «Para ser sincero, creo que un jugador homosexual no debe estar en un plantel profesional. Existen determinadas normas que deben ser resguardadas. para mí un gay sería un transgresor entre hombres. Los homosexuales tienen costumbres muy diferentes», sentenció el entonces seleccionador nacional.
Sus retrógrados prejuicios sacaron roncha. Al cabo, el técnico terminó tomando el té en un hotel junto al activista gay Fernando Frontán, a quien le pidió disculpas por el exabrupto. «Me basé en un estereotipo homosexual, creyendo que no encajaba en el fútbol. Hoy escuché otro punto de vista que me hizo pensar: me encantó conocer a Fernando, es una persona muy rica espiritualmente y aprendí mucho. Admito ser un ignorante en el tema. en verdad no tengo fobia contra ningún grupo humano», aseveró.


