El tremendismo parece ser inagotable. Por lo menos desde la llegada de los españoles, la realidad en Chile ha sido descrita con vidrio de aumento, siempre en el borde del apocalipsis, el paraíso, la gloria o cualquier circunstancia hiperbólica. Es famosa la carta de Pedro de Valdivia a Carlos V, la que está grabada en una piedra grande en las faldas del Santa Lucía, donde el conquistador no sólo sostiene que «esta tierra es tal que, para vivir en ella y perpetuarse, no la hay mejor en el mundo», sino que además le queda lienza para garantizar que en invierno, salvo dos o tres días, «hacen tan lindos soles que no hay para qué llegarse al fuego», mientras que «el verano es tan templado y corren tan deleitosos aires que todo el día se puede el hombre andar al sol que no le es importuno»; por si fueran pocas las flores, agrega que en esta tierra hay de todo: pasto, sementeras, ganado, plantas, «mucha y muy linda madera», «minas riquísimas de oro», agua, leña y, en fin, tantas cosas «que parece la crió Dios a posta para poderlo tener todo a la mano».
Ese pequeño texto, para no decir nada de las alabanzas homéricas de Ercilla acerca de la «fértil provincia», contienen el tipo de exageración que incluso hoy nos parece natural, sobre todo en presencia de extranjeros, aunque al minuto siguiente cambiemos de opinión y aquel clima perfecto se nos vuelva un infierno de calores insoportables y fríos antárticos y nevazones espantosas y ríos desbordados y sequías memorables. No nos gusta ser lo que somos: medianía, es decir, ni fu ni fa, ni frío ni calor, ni fértil provincia ni tierra baldía. O somos lo mejor, o somos lo peor, aunque a la larga tengamos que rumiar la triste realidad insípida.
Mire adonde uno mire ve signos de ese extremismo, tantos que se han vuelto lugares comunes, mientras que la moderación o la justa medida son excentricidades. El otro día leía un informe sobre criminalidad y percepción de la delincuencia en Latinoamérica y el Caribe. Nada nuevo en cuanto al país de Alaraco: según el informe, Chile es una taza de leche si se miran sus cifras criminales, pero en las mentes de los ciudadanos es un lugar peligrosísimo, un nido del mal, donde la sangre corre por las calles y hasta los árboles se despegan de la tierra para salir a cogotear a la gente y violarla y masacrarla.
Eso a veces adquiere colores dementes, absurdos, de comedia. El «caso bombas», sin ir más lejos, y toda su parafernalia: piquetes de policías armados como si fueran a asaltar un búnker de Al Qaeda o ETA, aunque su objetivo fueran apenas unos cuantos anarquistas inermes, que a lo más podrían haber acribillado con una metralla de insultos a sus captores. Sin distinguir la paja del grano, el manotazo sobre esos jóvenes queda en ridículo: es como salir a cazar pájaros con artillería antiaérea. Pareciera ser que incluso en la búsqueda de nuestro enemigo damos palos de ciego, exagerados y grotescos, mientras los enemigos de verdad -la desintegración, la ignorancia, la codicia, la supremacía del dinero, la mezquindad, etcétera- se pasean muy orondos, aunque a menudo silenciosos e invisibles, por cada rincón de la dulce patria.
Mire adonde uno mire ve signos de ese extremismo, tantos que se han vuelto lugares comunes, mientras que la moderación o la justa medida son excentricidades.


