Cuando están presos, ya no nos importan, y dejamos que ahí, adentro, se muestren los dientes
Que se pudran en la cárcel, decimos con toda naturalidad cuando el delito nos horroriza. Pero nunca sabemos hasta qué punto ese deseo se cumple al pie de la letra.Unidas en el mismo destino personas que se saben fuera del mundo de los vivos, las relaciones de poder, de amor u odio se exageran ahí hasta el delirio.
En un mundo en que los débiles no tienen lugar, las relaciones de poder dejan su máscara de cortesía, de igualdad, de legalidad. Sobrevivir, salvarse, conseguir espacio, tiempo, dignidad, se hace a empujones o a golpes. Volvemos a ser lo que somos, creaturas desnudas. ¿No es eso en el fondo algo que como sociedad deseamos profundamente? Mantener esos lugares de terror, de penumbra, de instintos desnudos. Como reservas de un pasado que puede ser nuestro futuro, necesitamos ciegamente que los que llamamos monstruos se mantengan monstruosos.
Nos asustaría demasiado pensar que los que han cometido crímenes deleznables son el fondo seres humanos como nosotros. Nos aterra pensar que podríamos también nosotros ser esos monstruos. Escondidos detrás de las murallas dejamos que se devoren entre sí y hacemos perfecta nuestra pesadilla para aliviarnos del deber de soñarla.


